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Arriesgar la vida por y para el periodismo

Adrián Haro

Desde que los retoños de Dios poseen uso del raciocinio más elemental, diversos infortunios han atemorizado sus activas vidas: guerras, hambrunas, conflictos diplomáticos, crisis. Un sinfín de situaciones que verdaderamente han incentivado a que las personas de a pie actuasen al respecto. De prescindir de un impulso inherente en la mente inquieta. Una sensación que provocaba ese estímulo necesario para ocupar un oficio en particular. Así es, la vocación fue, es y será un recurso imprescindible para todo aquel que aspire a una profesión. 

Atendiendo a esta premisa, un aspirante a comunicador deberá cumplir con esa fuerza invisible que lo levante todos los días para que su compromiso con la sociedad sea recíproco. Como bien afirmaba el filósofo alemán Friedrich Nietzsche, «la vocación es la espina dorsal de la vida», vaya si no le faltaba razón. La vida de todo individuo debería versar sobre la vocación. Un sujeto desprovisto de inclinaciones profesionales vagaría sin rumbo por una llanura de bruma. No hay nada más superfluo que esa opción vital.

Un periodista debe sentir esa curiosidad por descubrir los hechos más insólitos de la realidad contemporánea. Aquel que rinda por vocación aportará las mejores noticias para los periódicos de diversa cobertura, ya sea nacional o regional. Veteranos del oficio como el periodista colombiano Daniel Samper recuerdan que «el periodismo no se improvisa. El periodista necesita vocación». Pero, ¿por qué es tan necesaria la vocación para un periodista?

Acorde con su esencia primaria, un periodista es aquel individuo cuya función se fundamenta en la búsqueda, divulgación y tratamiento de la información resultante de hechos rutinarios. Acontecimientos sobre política, economía, asesinatos, robos, guerras, injusticias, avances científicos. Todo este conglomerado de temáticas son cedidas a esta élite de profesionales, quienes -provistos de particulares formas de expresión- adecúan el mensaje para un público convencional. Los periodistas atraen consumidores con una ferviente necesidad de conocer lo que acontece más allá de las fronteras, del mar y del tiempo.

Arturo Pérez Reverte o José Couso son ejemplos paradigmáticos de arriesgar la vida por y para el periodismo. Reverte tuvo fortuna de sobrevivir en la guerra de los Balcanes, Couso no tuvo la misma suerte en Irak. Recientemente, los reporteros españoles Roberto Fraile y David Beriain fueron asesinados en Burkina Faso. Contar realidades que acaecen a millas de distancia puede suponer un viaje de no retorno. Territorios donde se vulneran la integridad física y moral de todo aquel que ose adentrarse. Y es aquí, cuando los periodistas ocupan una posición imprescindible.

Afganistán, Siria, Irak, Sudán del Sur, Yemen, Somalia y un largo etcétera. Un acopio de naciones que están catalogadas como osadas para la viveza. No en vano, cohabitan periodistas con las suficientes agallas para dirigirse a territorios hostiles, gracias a esa fuerza intrínseca que les remueve la conciencia: la vocación. «Cuando uno se lanza a lo desconocido se salva». Elena Poniatowska supo plasmar de manera concisa lo que corresponde a todo aquel que aspire a este tipo de periodismo. Esa salvación conlleva explorar y aventurarse en los lugares más recónditos del mundo.

No incumben los pormenores, no concierne el riesgo, porque el buen comunicador sabe que cuando consiga desvelar la cruda realidad que tanto anhela, podrá yacer con pleno sosiego. Evoca pues, un estado de autorrealización, que cumple con las expectativas que el psicólogo Abraham Maslow planteaba en su pirámide de necesidades humanas. La información constituye un menester intangible que debe mantener su calidad en virtud del bienestar social.

Entonces, se preguntará ¿ el dinero es primordial? Claro que sí querido lector. No en balde, el principio vocacional debe sobresalir por encima de toda intención lucrativa. Quisiera que se percate de la importancia de este código deontológico tan prominente en estos tiempos de incertidumbre. Un presente que realmente no está favoreciendo a la profesión de los medios de comunicación. Las nuevas tecnologías están generando transformaciones no solo en las formas de divulgar información, sino en los hábitos de consumirla.

La era de la posverdad, la manipulación y las extendidas Fake News conforman los nuevos retos que el periodismo debe afrontar de cara a su reputación como entidad fiable. Contratiempos que alimentan una contienda sin precedentes, cuyo seísmo ha fluctuado los cimientos que consolidaron al oficio periodístico a mediados del siglo XX.

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