Jóvenes periodistas

Clones: La pérdida de la identidad en la modernidad líquida

Adrián Haro

Me considero un nato observador que, cuando se queda solo ante una multitud, dedica su tiempo a contemplar cada acción, movimiento y gesticulación de los transeúntes que pasean paulatinamente. Está bien, soy un poco alcahuete. Aún así, es un hábito que me permite conocer un poco al ser humano, su razón de ser, la seña de identidad que lo distingue como individuo social. Y es que me he percatado de que la gente es, cada vez, más parecida entre sí. Como si su identidad como individuo se diluyera en una masa homogénea desprovista de carácter propio.

Toda esta premisa la recoge Cómo ser John Malkovich, una película surrealista que muestra cómo personas -descontentas con su vida- aspiran a ser John Malkovich. Una fábrica de clones dispuestos a renegar de su exclusividad como individuos en el cosmos. Inevitablemente, figuras reconocidas como «influencers» crean esta tendencia generalizada. Personas que, de una manera u otra, han conseguido una exorbitante notoriedad en redes. Su forma de vestir, su forma de ser, sus opiniones y su modo de vida se amoldan a un colectivo que se siente insignificante. Las personas anhelan adquirir lo que ellas jamás tendrán. ¿Cómo hemos llegado a este punto?

La copiosidad de iguales en la sociedad es una consecuencia de un acopio de circunstancias. La propia sociedad consumista detona este fenómeno que se acentúa en, como diría Zygmunt Bauman, la modernidad líquida. Las vidas idílicas de la alta cuna seducen a aquellos carentes de vidas opulentas y satisfactorias. La sociedad del consumo alienta a que los sujetos nunca estén saciados, sino que generen una infinidad de necesidades artificiales. La sociedad reclama bienes de consumo que, a priori, no necesita para vivir. Desde el propio mercado se bombardea con vehemencia mensajes aduladores a la abundancia. Este modus operandi produce una insatisfacción constante que desencadena un tormento en el individuo.

La crisis de identidad se acentúa debido a la hiperconectividad de las redes sociales, convertidas en campos de experimentación social. La constante exposición de la vida privada en forma de modas, fama, bienes de lujo y vidas ostentosas representa el pan de cada día en la vida líquida. Esta condición es una patología que carcome las almas de los mortales. No en vano, es algo inevitable, al fin y al cabo el ser humano, como diría Aristóteles, es un animal social. Cuando la población establece unos determinados patrones a seguir, lo «común» es imitarlos para evitar la exclusión de la manada. Los cambios son cada vez más efímeros y como estrellas fugaces cruzan el cielo del paradigma social.

De todos modos, quisiera ir más allá querido lector, porque personas de a pie  como usted y servidor seguramente hayamos deseado en algún punto adquirir identidades contrapuestas a las nuestras. Sí, eso significa renunciar a nuestra esencia, la pérdida de la identidad. Se mire por donde se mire, cada individuo es un universo lleno de posibilidades y, por ende, alguien único en el mundo terrenal. La manera de vivir en nuestras sociedades deconstruye los cimientos de la certidumbre del homo sapiens. Por esto y más, los individuos son incapaces de completar su casa de naipes, de asentar las bases aprehendidas. Menos Cómo ser John Malkovich y más cómo ser uno mismo. Sé que no es fácil. Pero para ello, habría que renegar de la celeridad constante y de la metamorfosis que asola sin pausas a las sociedades modernas contemporáneas.

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