Jóvenes periodistas

La noche onírica de un joven atolondrado

Adrián Haro

Brillante y tierna pero a la vez oscura y lúgubre, la noche es un momento ambiguo que encierra múltiples secretos. Lo admito, soy un amante de la dulce oscuridad. Y es que, la magia que esconde la nocturnidad me atrapa desde que soy un renacuajo.

Recuerdos del pasado repletos de reiteradas voces de mi matriarca: ¡Adrián, vete a dormir!, y yo replicaba, ¡ya voy, mamá! Un libro, una pieza de música, la mirada menoscabada jugando al solitario. Sí, soy un ser vulnerable. Mi mente a dondequiera que vaya se abstrae en otros mundos, en otras realidades oníricas más allá del espacio y del tiempo. Y no, no estoy hablando de fumar canutos, eso se lo dejo a los más entendidos.

Habrán oído hablar de la expresión «la noche me confunde», pues a mí me transforma en un lunático. Un demente creativo cuyo afán por ser un hombre de provecho se merma por la futilidad de sus acciones. Nada, no actúo en lo absoluto, solo pienso, imagino e ideo. Me dirán, pues vaya inútil. Sí, a medias. El crepúsculo representa un pequeño hueco que me permite recabar en lo más profundo de mi ser, extraer todo ese jugo frutal.

Cual cofre del tesoro, cada uno de mis problemas existenciales se manifiestan espontáneamente todas las noches. Captaciones de incertidumbre que me sirven como auto terapia psicológica. Así me ahorro los costes. Si lo pienso detenidamente, me he pasado toda la adolescencia ensoñando. ¿Para qué voy a adormilarme si vivo en un sueño?

Bueno, permíteme cesar esta peroración barata a lo Pitágoras, Freud, Platón o Aristóteles. Creo que es el momento preciado lector. Mi hora ha llegado. Por fin, Adrián, se va a descansar a su suave lecho.

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