Jóvenes periodistas

La penumbra de España, el país de la ineptocracia

Adrián Haro

España, mi tierra, atraviesa un momento dificultoso que, paulatinamente, mermará las esperanzas de los pocos ilusos que aún confían en personas engalanadas en trajes de alta costura. La política no se lleva bien con España o España no se lleva bien con la política. Es todo un misterio sin resolver. Perturbado me hallo ante tanta torpeza concentrada en el núcleo del Estado. Un Gobierno que, una vez más, anhela con desequilibrar a la ciudadanía, provocar más desamparo e incertidumbre. La España de hoy es un circo sin precedentes.

Últimamente me siento compungido, desencantado, consciente de que la situación socioeconómica de España va a permanecer en la decadencia. Sí, he perdido la fe-como joven- en la política española. Si alguna vez tuve esperanzas de cambio me retracto. La cerilla se ha apagado, la flor se ha marchitado, las aguas se han secado. ¿Alguna vez han escuchado el término «ineptocracia»? Esta teoría fue difundida por el novelista y ensayista francés Jean D’Ormesson, un concepto que perfectamente se puede trasladar al contexto actual. Según el académico:

«La ineptocracia es el sistema de gobierno en el que los menos preparados para gobernar son elegidos por los menos preparados para producir, y los menos preparados para procurarse su sustento son regalados con bienes y servicios pagados con los impuestos confiscatorios sobre el trabajo y la riqueza de unos productores en número descendente, y todo ello promovido por una política populista y demagoga que predica teorías que sabe que han fracasado allí donde se han aplicado, a unas personas que sabe que son idiotas».

Grosso modo, una ineptocracia es un gobierno infestado de funcionarios incapaces de cumplir su función. La antítesis de la tecnocracia. Vamos, un esperpento de líderes desprovistos de los dotes imprescindibles para guiar a la nación hacia la prosperidad. Si se extrapola esta premisa a España, se encuentran más luces que sombras. Inequívocamente el Gobierno Progresista y de Progreso, compuesto por Pedro Sánchez, Pablo Iglesias y el resto de partidos nacionalistas, está sumergido en una vorágine de caos y «progreso» hacia ninguna parte, hacia el sinsentido más absoluto. La hoja de ruta progresista está perdida en un laberinto de incertidumbre.

¡Cuán irrisoria puede llegar a ser la política! La pandemia en territorio español ha sido un concadenado de incoherencias, inexactitudes y falsas promesas. Un confinamiento tardío, información de dudosa fiabilidad, «una simple gripe inofensiva». A comienzos de verano el presidente, Pedro Sánchez, afirmaba que «Hemos derrotado al virus y hemos controlado la pandemia». Un buen comienzo para la tan ansiada nueva normalidad o lo que se conoce como prometer el oro y el moro. Pareciera como si desde el Ministerio de Sanidad estuvieran jugando con los españoles al Simón dice. A posteriori, se demostró que eso era solo el principio del fin.

España no estaba preparada, ni lo más mínimo, para afrontar las olas de Covid-19 venideras. Actualmente, España es el país más afectado de Europa. La crisis ha dejado a 220.000 empresas zombis en España cerca de la quiebra. La hostelería abandonada en un profundo agujero de amargura. Miles de trabajadores en ERE a la espera de un porvenir provechoso. Una crispación social en ebullición promovida por políticos incompetentes, cuyo afán por avivar las llamas se ha convertido en su recreo favorito. La deuda pública por las nubes y parece que nadie se inmuta. Los españoles viajan en un barco a la deriva, de la mano de un capitán más preocupado por embriagarse de whisky ideológico que de atender el presente catastrófico.

Pero, ¿ qué sabrá un ignorante como yo, no? Yo ya no creo en mesías, profetas, ni en religiones políticas. Ser un siervo del poder no es lo mío. Si el conformismo opta por un país fundamentado en la servidumbre, en la sumisión y en el fracaso, así seguirá pues. La ineptocracia no es algo que haya aflorado con este Gobierno. De hecho, el susodicho parásito forma parte del sistema democrático español. No deseo caer en el cliché de «ya vienen los rojos a destrozar el país.» No, esto no va de ideas, sino de eficiencia institucional, seriedad, responsabilidad y honestidad. La penumbra de España reside en su incapacidad resolutiva, dado que precisamente son los ineptócratas «los voceros del pueblo español».

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