Jóvenes periodistas

El dilema del cuarto poder

En las entrañas del Congreso de los Diputados, el lugar donde reside la soberanía popular y la representación del pueblo español, se ha vuelto abrir una antigua puerta del debate. Y en este caso le ha tocado a la función que desempeñan los Medios de Comunicación en España. El diputado de Ciudadanos, Guillermo Díaz, ha acusado al vicepresidente Pablo Iglesias de intentar amedrentar contra la libertad de prensa. Y es que, la enajenación de los Mass Media por parte de las fuerzas fácticas y políticas siempre va a conducir a las aguas de la controversia

Ha sido un encuentro que no ha dejado indiferente a nadie. Guillermo Díaz -armado con su arco del Laissez-faire- ha intentado lanzar flechas liberalizadas con palabras llenas de ingenuidad, mientras que Pablo Iglesias se ha defendido con el broquel del estatismo controlado. Inequívocamente, ambos guerreros de la retórica acertaron en muchos aspectos verídicos acerca del cuarto poder. La ciudadanía tiene el pleno derecho a decidir por dónde informarse. En efecto, la democracia no se entiende sin la vigilia del periodismo. Y sí, España peca de una concentración vertiginosa de los medios privatizados. El periodismo constituye, tanto para uno u otro, un poder esencial dentro de las democracias liberales. La cuestión es, ¿al servicio de quién debe estar el periodismo? ¿De manos privadas? ¿Del Estado? ¿De la soberanía popular?

Sin género de dudas, el periodismo ha evolucionado gradualmente a lo largo del tiempo. Antaño, el oficio del informador era per se una labor sin ánimo de lucro, representaba el benefactor provechoso de la información. Acogido por el espíritu de la ilustración, la misión inexorable del periodista era informar y educar a las masas desprovistas de conocimientos elementales. Por tanto, el beneficio y el interés personal no primaban en aquella época. A priori, el periodismo se encontraba vagando por los vientos otoñales del progreso social. No en vano, la capitalización de la susodicha profesión no tardó en llegar.  La información era, es y será un producto enmarcado en un mercado con afán de maximizar beneficios. El resultado era inevitable, dado que la elaboración de noticias supone una inversión de tiempo y, eso se traduce en dinero. Así es cómo se conformaron vastas empresas de la información dotadas de los recursos necesarios para producir noticias masivamente.

De acuerdo con la tesis que postula Pablo Iglesias, existen una serie de lobbies o poderes empresariales ligados a los medios de comunicación que moldean deliberadamente la realidad que percibimos. El concepto Gatekeeper versa sobre ese modus operandi en el que se discrimina o se oculta información debajo de la alfombra. Según el lingüista y filósofo Noam Chomsky, “la población general no sabe lo que está ocurriendo, y ni siquiera sabe que no lo sabe”. Chomsky atribuye esta problemática a las corporativas dominantes que manipulan la “verdad”. No en balde, la solución no es el control estatal, ni tampoco la censura de los medios no afines, ni siquiera linchar a los periodistas críticos con el poder político. 

España es el vigésimo noveno país con mayor libertad de prensa, por delante de naciones como Francia, Reino Unido y Estados Unidos. Pese a eso, la confianza de los españoles hacia la prensa ha caído en un abismo oscuro. En la última década, el auge de las redes sociales y de las plataformas como Youtube han provocado cambios en las formas de consumo. Aves libres que emigran a otros espacios alternativos, a horizontes insondables en búsqueda de la certidumbre.  Por consiguiente, el peroratio de Guillermo Díaz resulta algo idealista y  alejado de la realidad española. Los medios siempre van a perseguir unos intereses, defender diversas posturas, ocultar determinados datos. El periodismo de facto está y no está de parte de la ciudadanía. 

No obstante, la libertad de prensa constituye un pilar democrático fundamental. Si este pilar cae, la democracia cae consigo. En el libro Cómo perder un país, la periodista turca Ece Temelkuran ilustra al lector acerca del deterioro de la democracia turca en los últimos años, cómo la prensa ha acabado amordazada y al servicio del Gobierno de Erdogan. Por esta razón, España debería aspirar al equilibrio entre libertad de prensa y regulación legislativa, así como encontrar la plenitud informativa. Si la civilización fuera una utopía comunista los medios informativos estarían en manos del “pueblo”, por el contrario, el mundo real es muy distinto y hay que tomar la senda ad hoc en el dilema del cuarto poder.

Adrián Haro es estudiante de Periodismo en la Unversidad Pessoa-Canarias

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