Jóvenes periodistas

Armas en América: El culto a la violencia gratuita

La cultura es el principal conductor de la sociedad. Consituye, grosso modo, el conjunto de rasgos que pintan a cada sociedad en específico. Costumbres, lenguajes, actitudes, formas de percibir el mundo y lo que nos rodea. La violencia, por ejemplo, es una de ellas. Hay sociedades que, con suma vehemencia, idolatran la violencia como algo digno de mostrar en un escaparate. Estados Unidos representa una de esas sociedades con una clara tendencia cultural hacia la rudeza gratuita.

Ya lo plasmó el director británico Stanley Kubrick en su película, La Naranja Mecánica (1971), filme que proyectaba una sociedad distópica donde la violencia gratuita y desenfrenada estaba a la orden del día. Su protagonista Alex termina traumado con un experimento de reeducación para convertirse en un ciudadano ejemplar. Y es que, un círculo infinito de violencia destruye al ser humano. Acaba rompiendo ese contrato social que tanto había defendido el polímata suizo Jean Jacques Rousseau.

Si uno se traslada a EE.UU., encontrará patrones que se repiten hasta la saciedad. Películas, videojuegos y canciones con contenidos violentos que invaden el mercado cultural de la sociedad americana y occidental. Y estos productos de entretenimiento repercuten en la visión que posee buena parte de la nación yanqui. Ese fanatismo por las armas, por los tiros, por la bronca son un denominador común en la cultura americana. El propio Clint Eastwood estaría de acuerdo con mi afirmación, teniendo en cuenta que hay 120 armas por 100 habitantes, de acuerdo con un estudio elaborado por el Instituto de Altos Estudios Internacionales de la Universidad de Ginebra .

No es casualidad que Estados Unidos sea el país que más invierte en gasto militar. El 38% del cómputo mundial lo acumula EE.UU. Un país obsesionado con la defensa, el estado de guerra, el intervencionismo internacional y, cómo no, el imperialismo que, desde la Segundo Guerra Mundial, lleva demostrando. Autoproclamándose el arbitro mundial, el abogado del diablo. Todo en nombre de la «paz» y la «libertad». Como si lo ocurrido en Vietnam estuviera justificado por la grandilocuencia de la democracia.

Al margen de las estrategias geopolíticas de la Casa Blanca, quisiera tratar una cuestión muy seria. Los tiroteos son, sin atisbo de dudas, una de las lacras más vergonzosas del país. Según un estudio de la agencia de noticias Associated Press, en 2019 hubo 41 tiroteos y un total de 211 muertos. Todo hay que decirlo, los tiroteos no son nada nuevo en Estados Unidos, tenemos ejemplos como la masacre de la Escuela Secundaria de Columbine, la masacre de Virginia Tech o la masacre de Charleston. Un largo etcétera de crímenes aborrecibles que quedarán para la posteridad. Pero, si es tan grave, ¿por qué no se hace nada? ¿Qué lo provoca?

La segunda enmienda protege el derecho de sus conciudadanos para portar armas con total libertad en América. El hecho de si un individuo es apto o no para usarlas, eso resulta irrelevante. Algo que se aleja con creces del derecho que se concede, por ejemplo, en Suiza. Estaríamos hablando de un supuesto lejano oeste, donde ipso facto cualquier forastero te puede pegar un tiro por la espalda. Armas, armas y más armas. Una vorágine de violencia sin frenos. De ahí a que Estados Unidos ostente una tasa de homicidios de 5,3, superando con creces a países desarrollados como Canadá (1,8), Reino Unido (1,2) Alemania (1,0) o España (0,7).

Sería injusto cargar toda la culpa de esta violencia a esa libertad incondicional para llevar armas. Como bien mencioné al principio, la cultura es la piedra angular de una sociedad. Es, por ende, una guía de ruta que perfila y delimita las creencias, las costumbres y los patrones de conducta de una población. Al igual que ocurría en el famoso experimento del muñeco Bobo, realizado por Albert Bandura en 1961, las conductas humanas se aprenden a través de la imitación social y las repeticiones. Si hay una nube violenta que cubre la industria cultural, numerosas personas se empaparán con la lluvia consabida.

«La violencia engendra violencia, como se sabe; pero también engendra ganancias para la industria de la violencia, que la vende como espectáculo y la convierte en objeto de consumo.» El periodista Eduardo Galeano tenía razón en una cosa, la violencia se ha convertido en un producto tentador dentro de la industria americana. Una nación que presta culto a la violencia gratuita independientemente de las consecuencias morales. En efecto, una patria contaminada por un puritanismo disparatado donde, irónicamente, hacer toples escandaliza más que una masacre visceral al más puro estilo de Quentin Tarantino.

Adrián Haro.

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