Jóvenes periodistas

Hora de la limpieza

Cuando uno tiene poder se le acaba cogiendo el gusto. Resulta poco tentador abandonar el trono sin limpiar un poco los suelos cristalinos del palacio. Para eso está la escoba, por ejemplo, una buena herramienta de integridad. Se barre por ahí, se barre por allá, fuera polvo e impurezas que estropean la majestuosidad de los cimientos del poder. Es hora de la limpieza y Donald Trump lo sabe de sobra.

Más allá de que Trump siga sin reconocer la derrota electoral, parece que no le entusiasma que le lleven la contraria. Lo que diga él va a misa y quien se oponga acaba formando parte de su lista negra. ¡Traidores, aliados de los antifascistas y de los rojos! Blancos o negros. Las tonalidades de grises brillan por su ausencia. Desde luego, el partido republicano ya no es lo que era. Se ha convertido en una especie de secta religiosa con un ciego entusiasmo hacia las decisiones de Trump. Por suerte, aún quedan posiciones republicanas críticas con el presidente. John Bolton es una de ellas. En su libro La habitación donde sucedió, describe a un líder que no conoce la historia y decide sus pasos según se levanta o se siente. Su cese como consejero de Seguridad Nacional en 2019 era un síntoma de lo se avecinaba.

Desde que los medios declararon su derrota electoral, Donald Trump se ha dedicado a purgar su cúpula de funcionarios. El reciente despido de Mark Esper como Secretario de Defensa de Estados Unidos y la posterior cascada de dimisiones en el Pentágono o en la cúpula de ciberseguridad han desatado las alarmas. Y no es para menos. Que un presidente empiece a limpiar funcionarios a menos de 2 meses de terminar su legislatura es, cuánto menos, curioso. Como si fuera la orden 66 del emperador Palpatine en Star Wars. Llámenme loco, pero eso en mi tierra es sinónimo de autoritarismo. Tampoco digo que Trump sea un déspota -aunque parezca que sea su sueño mojado- sino que su comportamiento y sus acciones comparten similitudes con líderes dictatoriales.

Esta filosofía de estás conmigo o estás contra mí es sumamente peligrosa. Durante el leninismo, más de un millón de personas fueron asesinadas por motivos políticos o religiosos. Cientos de miles de trabajadores y campesinos asesinados por hacer huelgas. Un sinfín de medidas de «limpieza» para mantener a la disidencia silenciada. Al final lo único que predominaba era un pensamiento único, cuyo control absoluto impedía las divergencias. La perfección es la ausencia de crítica. Si un encuadre político se convierte en una masa homogénea de ideas, ni habrá posibilidad de adoptar nuevos puntos de vista, ni habrá pensamiento crítico. Por lo que la libertad de salir del discurso imperante se vuelve una imposibilidad.

Parece que este es el rumbo que el partido republicano está tomando. Partido que, en lugar de seguir manteniendo sus pilares tradicionales, se está transformando en la iglesia ortodoxa del trumpismo. Un espacio religioso donde la objetividad, el raciocinio y la coherencia representan los pecados de un mundo cínico. Donald Trump no solo forma parte del partido republicano, el partido ya es parte de él. Sujeto que se distancia de la línea del partido, sujeto que es despedido. Cual sars-cov-2, la postura de Trump ha contaminado el partido en su totalidad. Virus contagioso que supone un percance elemental que podría perjudicar la próxima toma de poder.

Adrián Haro

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