Jóvenes periodistas

Decencia política

En los tiempos que traspasa la nación americana, pareciera que parte de la población ha olvidado lo que significaba la decencia política. Porque sí, los políticos deben mantener un temperamento a la altura de las circunstancias. El cargo de gobernante forma parte de una cadena de responsabilidades con repercusiones sustanciales. Y es que en la era de la información, la decencia política se debe cuidar hasta el más mínimo detalle.

Recordemos esas famosas elecciones de 2008. El mundo y Estados Unidos atravesaban la crisis bursátil. La incertidumbre, la desesperación y la penuria estaban a la orden del día. El pueblo americano necesitaba a un representante atrayente que pudiera sacar al país de ese vertedero económico, cuyas consecuencias eran catastróficas. El candidato demócrata Barack Obama consiguió vencer limpiamente al republicano John McCain. ¿Pasó algo a posteriori? ¿Hubieron acusaciones de fraude? ¿Más leña al fuego? La respuesta es no.

De hecho, como contempla la tradición, John McCain salió a dar un discurso para congratular la victoria de su adversario político. En ningún momento usó adjetivos descalificativos, nada de burdas acusaciones, cero crispación. Un ejemplo de civismo americano que invitaba a la unión de la disparidad ideológica entre las dos Américas. Y esto no significa que no existiera los contrapoderes, esa oposición que actúa como Government watchdog para equilibrar la balanza del poder ejecutivo. Respeto, colaboración y fraternidad; lo necesario para que, precisamente, los «Estados» estuviesen «Unidos». Algo que no ocurre esta vez, a pesar de que Joe Biden supere a Trump por más de 5 millones de votos, el presidente ha estado acusando reiteradamente de fraude electoral desde el minuto uno.

Ahora, la época Trump se funde con el auge de la dimensión digital, de las redes sociales; nuevas formas de comunicación masiva. Así pues, se ha generado un ciberespacio que ha permitido impulsar el poder de influencia del actual presidente de EE.UU. Como bien dijo el escritor y sociólogo Alvin Toffler, «el gran motor del cambio es la tecnología». Hecho que se aprecia para bien o para mal. El problema del trumpismo está en el cambio drástico de la dialéctica, de las formas, de la decencia política propiamente dicha. No cabe duda de que esto es una reacción alérgica del virus de la corrección política. Un trozo del pastel social amordazado por discurrir por ideales «poco adecuados».

Asimismo, los tuits controversiales de Donald Trump han sido una constante a lo largo de esta legislatura. Años de mensajes tras mensajes que ponen en tela de juicio el Establishment actual. Trump se ha autodefinido como el salvador del pueblo, el purificador de las aguas estatales tanto tiempo sucias y pestilentes. No solo ha acusado a los medios como «enemigos del pueblo», sino que se ha ganado una reputación negativa por parte de las potencias aliadas. Trump contra el mundo. En 2017, el republicano John McCain criticó a Trump por su actitud ante los periodistas, «lo primero que hacen los dictadores es reprimir a la prensa». La nueva decencia política consiste en manifestar lo que la gente quiere escuchar sin tapujos, soltar la rabia y la bilis que uno lleva dentro sin importar los efectos secundarios.

Esta oleada de lenguaje reaccionario no es algo exclusivo de Trump. El presidente de Brasil Jair Bolsonaro, dijo recientemente que Brasil «debería dejar de ser un país de maricones». Estas nuevas tendencias discursivas apuntan a un mismo cauce, remover las aguas del statu quo. El convencionalismo político ya no vende como antes, las nuevas estrategias de peroración pretenden atraer a esa sociedad desencantada con el rumbo del posmodernismo. Tanto Trump como el resto de líderes políticamente incorrectos no aparecen por pura arbitrariedad, sino que son la consecuencia de una parte del pueblo. Y es este último, el reflejo límpido de la indecencia política disruptiva.

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