Jóvenes periodistas

El espejismo del sueño americano

Perdido en la inmesidad del desierto. Usted se halla fatigado, sediento, desesperado por encontrar las aguas de la riqueza. Bajo ningún concepto desiste ante tal situación. Lo único que lo mantiene móvil es el fruto del esfuerzo que ha cosechado a lo largo de la travesía. Las horas pasan largas y tortuosas, bajo un sol fogoso y con afán de pararle los pies. Y, por fín, consigue atisbar un rayo de esperanza. Un paraíso se encuentra a un kilómetro de usted, rebosante de agua, de hierbas, de palmeras, de riqueza terrenal. Con suma vehemencia consigue alcanzar el objetivo pero, como si de un sueño se tratase, la anhelada imagen se desvanece. Nada era verosímil. Todo formaba parte de un espejismo que burlaba y alteraba los sentidos más elementales.

Sí, dichosos espejismos. Esas Ilusiones ópticas que distorsionan la realidad que percibimos. Habrán oído hablar del sueño americano, aquella premisa de «Bienvenidos a América, la tierra de las oportunidades», un lugar donde los deseos más alocados se cumplen a cualquier costo. Pareciera ser que Estados Unidos es el Edén, el paraíso ensoñado por todos los emprendedores. Una nación provechosa, rica y con una potencial capacidad de generar empleos por doquier. La cuestión es, ¿forma parte de un espejismo vendido a cualquier precio? ¿Qué hay de realidad en todo este discurso?

Durante el siglo XX, la economía estadounidense creció exponencialmente hasta consolidarse como el país más poderoso del planeta. Como consecuencia, su capacidad de divulgación ideológica e informativa se volvió un bazar fundamental para el imperialismo americano. Las ideas de libertad, oportunidad y prosperidad se exportaron al resto del mundo. Una muestra de que el capitalismo era el mejor sistema jamás creado. La Guerra Fría incentivó aún más la iniciativa propagandística. El modelo capitalista contra el modelo comunista. Cada bloque cumplía con su labor acorde con sus convicciones ideológicas y económicas.

Tras la caída de la Unión Soviética en 1991, el capitalismo quedó como único vencedor y, paulatinamente, se fue extendiendo alrededor del globo terráqueo. La idea de una hegemonía capitalista y globalista se hizo realidad. Estados Unidos salvó al mundo no solo del fascismo, sino del comunismo. Se avecinó un porvenir saludable y ventajoso para los ciudadanos occidentales. Con estos hechos relatados, Estados Unidos se convirtió en el modelo a seguir, en el paradigma del bienestar y la riqueza en las democracias liberales. Es evidente que si un país pone en práctica un modelo y funciona, lo normal es que el resto tome ejemplo. Y así fue, la cultura, las ideas y el modelo de vida americano se volvieron parte de la sociedad europea.

Recuerdo con añoranza aquellas películas americanas durante el crack del 29. Filmes, cuyas tramas involucraban personajes de la alta burguesía. Mansiones con damas y caballeros engalanados en vestidos de alta costura y, además, disfrutando de banquetes con deliciosa comida gourmet. Un modo de vida acomodado al más puro estilo de las Kardashian. Pero, la realidad difiere de la ficción. En la Gran Depresión se vivieron tiempos muy duros con mucha podredumbre. El cine no reflejaba el mundo real. No cabe duda de que Estados Unidos representa, a día de hoy, una potencia económica con un desmesurado producto interior bruto. Pero, ¿es el mejor país para vivir? ¿el sueño americano es real?

Si uno investiga más a fondo, encontrará números y datos realmente sorprendentes. En un país con más de 300 millones de habitantes, 40 millones viven por debajo de la línea oficial de pobreza. Según el Ranking Global de Libertad Económica, Estados Unidos está en el puesto 17º, por detrás de países como Chile, Georgia o Taiwán. En cuanto a la calidad democrática, EE.UU. se encuentra posicionado en el 25º según el Índice de democracia. El 45º en la clasificación mundial de la libertad de prensa de 2020. El 15º país en el Índice de Desarrollo Humano de 2019. El tercer país con mayor índice de innovación del mundo. Estos datos demuestran que la concepción idealista de Estados Unidos forma parte del pasado.

«Claro que solíamos serlo. Defendíamos lo que estaba bien. Luchábamos por razones éticas. Aprobamos y derogamos leyes por razones éticas. Hicimos la guerra contra la pobreza, no contra gente pobre. Nos sacrificamos. Nos preocupábamos por nuestros vecinos. Apoyábamos en lo que creíamos y nunca nos vanagloriamos por ello. Construimos grandes cosas, hicimos tremendos avances tecnológicos, exploramos el universo, curamos enfermedades, cultivamos los mejores artistas del mundo y la mejor economía del mundo. (…). Fuimos capaces de ser todas esas cosas y hacer todas esas cosas porque estábamos informados. Por grandes hombres, hombres que eran reverenciados. El primer paso para arreglar cualquier problema es reconocer que existe. América ya no es el mejor país del mundo».

(Will Mcavoy, 2014, The Newsroom)

Ya lo anticipó Donald Trump en 2015, «tristemente, el sueño americano está muerto». Y no le faltaba razón. Con el paso de los años, la promesa se ha convertido en ceniza. Inequívocamente Estados Unidos siempre será un país con mucha riqueza. No en vano, hay que sopesar que los tiempos y la naciones van de la mano y, cómo es lógico, están en constante evolución. América ya no es el mejor país del mundo, se encuentran mejores peces en el mar. Numerosos emprendedores deambulan desorientados en un vasto desierto, donde al final, lo único que queda es el espejismo de un sueño que hace tiempo tuvo lugar en América.

Adrián Haro es estudiante de Periodismo en la Universidad Fernando Pessoa-Canarias.

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