Viviendo en San Borondón

En memoria de «La carta del Fin del Mundo»

Se trata de colocar una placa con los nombre de aquellos 39 españoles que quedaron en América y que, cuando volvieron a buscarlos, estaban todos muertos. No se busca reivindicar hazañas ni buscar culpables, menos aún crear un chiringuito subvencionado, sólo de rendir homenaje a su memoria como marineros españoles que fueron.

En estos días cuando en España se celebra la Fiesta Nacional y el Día del Pilar, y en muchas otras partes del mundo el Día de la Hispanidad o el Columbus Day en EEUU y Canadá, he releído una gran novela que, sin la menor reserva, recomiendo a los que gustan de las tramas históricas o, más simplemente, conocer el pasado de nuestra actual España. Se llama “Carta del Fin del Mundo” y su autor es José Manuel Fajardo, un treitañero allá por 1996 cuando la pergeñó y algo más mayor en 2013 cuando la editorial Edhasa la publicó (ISBN 978-84-350-6257-2).

Habla de los habitantes que había en aquellas tierras que el autor llama “El Fin del Mundo” y que luego sería denominado América, por cierto que por una posible injusticia histórica no se bautizó como Colombia en homenaje a su descubridor. Habla, en forma novelada, de los sentimientos y aspiraciones, muchas veces contradictorias, de aquellos marineros del siglo XV. El escritor José Manuel Fajardo lo hace con una empatía magistral, procurando no juzgar con mentalidad actual lo que era la vida y la muerte, el más acá y el más allá, en aquellos duros siglos de antaño.

Varias citas muy oportunas hace el autor en la introducción a esta gran novela, que reconozco es uno de mis libros de cabecera desde que lo leí hace ya tanto tiempo, cuando aún no habían encanecido mis sentimientos. Una está tomada de Carta de vagabundos, de Miguel Sánchez-Ostiz, “Te escribo esta carta… puro papeleo del alma”. Y eso es, según puedo entender, la esencia del libro, un desahogo del espíritu confuso y atribulado de aquel escribano de ración, Domingo Pérez.

La otra cita está tomada de la carta que escribió Colón a los Reyes Católicos anunciando el Descubrimiento, fechada el 14 de marzo de 1493: “En esta Española, en el lugar más convenible y mejor comarca para las minas de oro y de todo trato, así de la tierra firme de acá como de aquella de allá del Gran Kan, adonde habrá gran trato y ganancia, he tomado posesión de una villa grande, a la cual puse nombre de la Villa de la Navidad, y ella he hecho fuerza y fortaleza, que a estas horas estará del todo acabada, y he dejado en ella gente”.

Destacaría de este párrafo algo que se suele pasar por alto. El Almirante de Castilla, que no de Aragón, “toma posesión” de una tierra de “acá”, no de “allá del Gran Kan”. Es decir, que es consciente de que no ha llegado a las Indias, cosa que por cierto jamás dijo Colón en sus exposiciones a los científicos de la corte, que haría en su viaje. Además terniendo en cuenta que jamás podría haber tomado ninguna posesión de tierras del gran emperador del Oriente con un puñado de marinos prácticamente desarmados y sin llevar tropas en su expedición descubridora.

Al hilo de esta reseña, tal vez movida por mi subjetividad y emotividad con estos asuntos colombinos, aprovecho para volver a lanzar al aire y a la arena política una propuesta que llevo haciendo desde hace ya tantos años que ni recuerdo, ni como diría Don Quijote, ni quiero acordarme. Se trata de colocar una placa con los nombre de aquellos 39 españoles que quedaron en América y que, cuando volvieron a buscarlos, estaban todos muertos. No se busca reivindicar hazañas ni buscar culpables, menos aún crear un chiringuito subvencionado, sólo de rendir homenaje a su memoria como marineros españoles que fueron.

Hice esta modesta propuesta junto con mi maestro y amigo José Antonio Hurtado García (q.e.p.d.),

cuando la réplica de la carabela La Niña, la construida y pilotada por el Capitán de la Armada don Carlos Etayo, estaba atracada en el Muelle Deportivo. Más tarde cuando fue rescatada y estuvo por varios años varada en la Base Naval. También al ser trasladada al parque que rodea el Castillo de La Luz, cuando se decía que sería el Museo Naval de la ciudad (otra oportunidad turística y educativa desperdiciada). Después cuando fue mudada a su ubicación actual, el Parque Santa Catalina junto al Museo Elder de las Ciencias, que paradójicamente ignora este recurso de primera magnitud mundial. También lo propusimos en el año 2006, cuando se conmemoraba el V Centenario de la muerte de Cristóbal Colón en todo el mundo, menos en Gran Canaria…

José Francisco Fernández Belda.

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