Jóvenes periodistas

Amorofobia

Todos hemos imaginado ese amor utópico que, cual ángel caído del cielo, aparece en nuestra vida sin previo aviso. Nos aturde, nos aflora, nos enmudece en una atmósfera cargada de sentimientos que se encuentran. Es, de hecho, una aventura intrépida que solo unos pocos son capaces de digerir. Inequívocamente, enamorarse no es solo una mera atracción, sino que constituye una catarsis llena de momentos trágicos y pasionales. La valentía es, de hecho, un factor crucial para sumergirse en las aguas del romance. Suspiran rumores de que muchos tiemblan ante la palabra amor y acaban llenando sus mentes de irracionales miedos que desembocan en fobia.

¿Por qué “Fall in love” y no “Rise in love”? Imagínese por un segundo, querido lector, que está paseando por las extensas calles de Nueva York y, entre tantos rascacielos, una persona capta su atención. No sabe ni el porqué ni el cuándo, pero su mirada aprisiona su alma. Cae rendido ante un poder abrumador que no entiende de raciocinio. Ensimismado ante tal situación, reacciona, se prepara para la puesta en escena. Gracias a esa fuerza magnética que vuelve posible el contacto humano, acaba acercándose a esa persona. Anhela conocer más, desea descubrir qué hay detrás de esa cara bonita. Así que, como si se tratara de la película Manhattan de Woody Allen, acaba conversando con aquel sujeto en un banco con buenas vistas. Felicidades, el amor ha florecido. 

Al margen de las historias románticas, la realidad difiere mucho de la ficción. Ojalá todo fuera tan fácil e inmediato. En la vida todo es un riesgo, pero ya saben lo que dicen, quien no arriesga no gana. Lo mismo ocurre en este difuso proceso del enamoramiento, puede que usted tenga éxito o no. De ahí el miedo que puede nacer en algunos. Es, sin vacilaciones, algo natural y humano, dado que el amor cuando no es correspondido actúa como una bala directa al pecho que, en un abrir y cerrar de ojos, derrumba todas las películas que uno se había construido. Exacto, el dolor hace acto de presencia. Y es que, el ser humano está en una constante búsqueda de la satisfacción, de la auténtica alegría, del bienestar. Por eso, huye hacia montañas elevadas para evitar que el dolor se manifieste. 

Esto no quiere decir que el amor sea sinónimo de dolor, para nada, sino que la persona se vuelve más vulnerable y susceptible al dolor. Realmente, el enamorado es un enfermo, un drogadicto, un lunático, alguien que regalaría un universo a ser posible. Como bien decía el poeta Leonard Cohen, “el amor no tiene cura, pero es la cura para todos los males”. Y no, no estoy hablando de la cura del Covid-19. Me atrevería a estribar que el amor representa, en términos absolutos, la pandemia más longeva y contundente de la historia de la humanidad. ¿Quién lo diría, no? Algo tan inocuo y afable que pretende el extremo regocijo, inspira uno de los mayores terrores generacionales. 

No quisiera ser pesimista, pero el amor es difícil de obtener. Representa un tesoro pirata sepultado a metros de profundidad en una isla paradisíaca. No se desanime, en ocasiones el libre albedrío es el mejor aliado y, cuando menos se lo espere, hallará a alguien inolvidable. El amor no se busca, se encuentra. ¿Qué hay de mí? Bueno yo… no es que haya gozado de una buena travesía en este campo. Aún sigo navegando hacia océanos insondables.

Adrián Haro, estudiante de Periodismo en la Universidad Fernando Pessoa de Canarias.

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