Orden Dórico

La inmunidad de ser superior

Como todavía no podíamos salir porque apenas llevábamos tres semanas de confinamiento, me llamó por teléfono mi amigo Juan, con quien suelo tomar café un par de tardes al mes, y me dice, tengo que contarte algo a lo que estoy dando vueltas desde que no tengo otra cosa que hacer. En estos días en los que se habla tanto de inmunidad, me ha tentado poderosamente la idea de poder serlo, y no he parado hasta encontrar que, efectivamente, existen personas que ya lo son. ¿Y si pudiera unirme a ellos? Me pregunta.

Durante la video llamada de whatsapp, mi amigo me contaba que había descubierto un selecto grupo de personas que habitaban entre nosotros y se comportaban como ungidas con los óleos de todas las virtudes y potestades. Se sabían pletóricos y pletóricas de una autoridad moral suficiente como para quitar u otorgar cualidades, con la seguridad de estar haciendo siempre lo correcto, lo que les permitía presumir de mentón y de pecho henchido y, allá por donde iban se les podía reconocer por complementar su indumentaria con una especie de periódico sobaquero.

Vivir constantemente inmunizado y poder decir por la mañana una cosa, y a la hora de la comida estar haciendo justamente la contraria con la conciencia tranquila, a simple vista puede parecer que no, pero tiene su aquel, se empeñaba en señalar mi amigo Juan, como queriendo justificar su reciente descubrimiento. Hay que formarse, me decía, por lo menos de manera suficiente, en el uso de la retórica y más concretamente en el manejo de los eufemismos. Porque si bien es cierto que el ejercicio de la superioridad moral tiene sus horas de alfombra roja, no es menos cierto que también tiene horas de astucias y sagacidades para poder comunicar convenientemente los mensajes que interesan menos, en pro de poder aventar posteriormente la virtud de la transparencia. No todas las campanas son de gloria en eso de la superioridad moral, pero la pertenencia a tan selecto club bien merece una misa (bueno, una misa, no).

Cuando llevábamos no menos de media hora en la bendita pantallita me dice ¿quién no ha soñado alguna vez con sentirse arropado por una algarabía de voces prestas que, en cantidad de millones, acudan presencial y virtualmente en defensa del propio, aunque éste haya metido la pata hasta el corvejón? Y como los amigos están para las duras y las maduras, mudo sigo escuchándolo, pues continúa: los ungidos pueden propalar insultos a los cuatro vientos, contra todo y contra todos los que no acepten la verdad única. O contra aquellos que se consideren poseedores de algún tipo de libertad distinta a la promulgada. Esto da mucha seguridad a los selectos y motiva más aún a los que como yo, aspiran a la doctrina. Aunque esto último ya empezó a preocuparme, todavía no se había serenado su ímpetu inicial.

Arrogarse logros históricos o recientes, aunque para ello se transmute ahora en conveniente lo que antes se adoptó como inconveniente, mediante la re-afiliación de sus verdaderos protagonistas; designar qué personas defienden y conquistan ciertos derechos y quiénes no lo hacen, o no lo pueden hacer, y tener la capacidad de justificarlo todo, es sin duda alguna la muestra más sublime del respeto a la diversidad de criterios y opiniones, y a la libertad de actuación. Una gesta a la que, por su magnitud, únicamente pueden atreverse aquellas personas de mente limpia y vacua.

Y aquí ya no me quedó más remedio que pararlo. ¡Juan!, le grité para frenar su creciente neurosis. Cierto es que existen quienes así proceden. Como amigo te voy a pedir un único favor: medita serenamente en lo último que me dijiste antes de que te interrumpiera, porque son así literalmente. Y tú no.

Al día siguiente volvió a llamarme el Juan de siempre.

José María Ayaso

 

 

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