Viviendo en San Borondón

La Educación: entre la conjura y el error

Tal como comentaba en otro artículo anterior, resulta de una evidencia empírica, al margen de periclitadas teorías pedagógicas, que la enseñanza ha ido de mal a peor en las últimas cinco décadas.  La duda que pudiera surgir es saber si ha sido fruto de una conjura para destruirla o motivada por un error de planteamiento y de la obstinación de mantenella y no enmendalla por parte de un muy influyente y politizado grupo de pedagogos que Mercedes Ruiz Paz llama en su libro miembros de la “Secta pedagógica”  (ISBN: 978- 84-932-4591-7).

 

La historia de esta marcha atrás en lo referente a la formación y el conocimiento se inicia  desde los primeros niveles escolares.  Como ya se argumentó, primaba más el adocenamiento igualitario que el desarrollo de las potencialidades de los alumnos.  Y esto fue así tanto en las áreas genéricamente llamadas de ciencias, como en las de letras.  Por citar sólo algunos ejemplos en esta segunda área, se suprimieron los dictados, las lecturas en voz alta comentadas, las redacciones, etc.  Los chicos aprendían a leer, pero no a comprender lo leído y por lo tanto a incorporarlo a su mochila de conocimientos.  Con ello la expresión oral se reducía a un conjunto sincopado de pocas palabras, a lugares comunes y expresiones de muy dudoso gusto.  Saber interpretar una metáfora era ya cosa del pasado.  Y para qué hablar de la sustitución de los clásicos sujeto, verbo y predicado por unos enigmáticos núcleos y sintagmas.  Esto cualquier docente ha podido comprobarlo y los padres padecerlo.  Los apuntes y fichas cargados de errores, han sustituido a los textos y las lecturas de autores clásicos y modernos, a lo sumo leer superficialmente lo que alguno dice que ha dicho otro.

 

En las áreas de ciencias, a pesar de la gran presión social por la técnica y la tecnología, la didáctica no dejó de empeorar.  Todos los que ya tenemos algunos años recordamos con una mezcla de horror y estupor cómo nuestros hijos fueron obligados por Ley General de Educación de 1970 a estudiar en la Enseñanza Primaria la mal llamada Matemática Moderna.  Ni los maestros, ni mucho menos los padres, sabían de qué iba aquello.  Unos trataban de enseñar lo que no entendían, proponiendo ejercicios con círculos y bolitas, diagramas de Venn, como si de un juego misterioso y esotérico se tratara, pero que eran incapaces de conectar con la aritmética y el cálculo heredado de los griegos y los árabes.  Los padres estaban aún peor, pues además de no poder ayudar a sus hijos, sentían que perdían la “autoridad educativa” sobre ellos…  ¿Quién no ha oído con desespero aquello de “eso no es así, la seño dice que…”?  Nunca resultó más cierto aquello que decía Lao Tsé: “sólo cuando el alumno está preparado, aparece el maestro”.  Pero ni uno ni otro estaban preparados, ni podían estarlo, porque no se puede enseñar lo que no se comprende ni se sabe para qué sirve.

 

La enseñanza de la geometría y la física no corrieron mejor suerte.  La geometría, desarrollada genialmente por los griegos, desapareció absorbida por el “dibujo lineal”.  Pero como la mayoría de sus profesores provenían de la rama artística, la base teórica que la inspiraba desapareció y la cosa se transformó en la reproducción de láminas, como si de cuadros artísticos se tratara, procurando que la tinta china no hiciera un borrón.  Sólo los albañiles utilizaban ese conocimiento heredado de los griegos para replantear los tabiques en las obras.

 

A la enseñanza de la física, también heredada de griegos y desarrollada por geniales científicos del último milenio, no le fue mejor, tal vez aún peor.  Extraños ejercicios y afirmaciones que aparentemente contradecían la experiencia cotidiana, se transmitían a través de libros de problemas teóricos resueltos sin ninguna conexión con la realidad física que le da nombre propio a la asignatura.  Muchos profesores se escudaban en que no tenían un laboratorio equipado con aparatos costosísimos, como si no bastara para gran parte de los experimentos con hilo, piedras, reloj, bolas, agua, jabón o tablas de madera.

 

Si alguien quiere comprobar el casi nulo conocimiento que tienen los profesores de la física en el bachillerato, prueben a que les expliquen dos cuestiones elementales. Una sería preguntar que cuanto pesa un kilo de plátanos, o qué masa tiene. La segunda mostrará una ristra de hilarantes y descabelladas respuestas: si la ley de acción y reacción afirma que a toda acción le corresponde una reacción igual y de sentido contrario, ¿porqué se mueve un objeto al empujarlo si la acción y reacción debieran contrarrestarse?

 

Como una vez le oí comentar a José Luis Balbín cuando estuvo de directivo en el Museo del Prado, que al haber eliminado las clases de lo que en mis tiempos se llamaba Historia Sagrada (también mitología griega y romana), que no era exactamente religión sino conocimiento del origen de nuestra civilización cristiana occidental, los chicos no sabían interpretar ni comprender los mensajes que expresaban la mayor parte de las obras de arte allí expuestas.

José Francisco Fernández Belda

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