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El arte de enseñar

Cuadros docentes: el día a día de los profesores, contado en ...

Mira que hacía tiempo, querido lector, que no me desahogaba en las letras y, creo yo, ya iba siendo hora de coger la pluma. Ayer vi Lengua de Mariposas (1999), película del genuino José Luis Cuerda y… qué decir, es una obra fascinante, emotiva, inspiradora, sensacional. Para que se hagan una idea, la historia gira en torno a la estrecha relación de Moncho, un mero estudiante de un pueblo de Galicia y su maestro Don Gregorio. Relación que, desgraciadamente, se ve interrumpida por la Guerra Civil que asoló España en 1936. No en vano, la pasión que demuestra el profesor durante todo el relato representa el contorno emocional y crítico de la pieza artística. 

Dejando de lado el análisis audiovisual, el personaje de Gregorio transmite la esencia elemental que debe poseer todo profesor/maestro que se precie. Que quede claro que esto es bajo mi punto de vista y, por lo tanto, pueden haber variopintas opiniones al respecto. Sin más dilación, hay que definir lo que significa la figura del maestro. Esta milenaria profesión es la encargada de formar, educar y enseñar a infantes o jóvenes adultos las bases del conocimiento humano. Grosso modo, un profesor puede enseñar cualquier conocimiento específico como, por ejemplo, a tocar el piano, pero el protagonista que nos incumbe está arraigado al propio sistema educativo.  Lengua, matemáticas, biología, economía, historia, filosofía, física…etc. Múltiples ramas del conocimiento que constituyen las raíces de la humanidad y de la sociedad actual.

¿Luce asombroso e interesante verdad? Un mundo con infinitas posibilidades. Pues numerosos alumnos suelen soltar adjetivos que demuestran todo lo contrario: tedioso, desinteresante, aburrido, monótono, inútil, coñazo. Por esta sencilla razón, el profesor juega un rol imprescindible. Al igual que un comandante anima a sus tropas para luchar en el campo de batalla, el profesor debe obrar de la misma forma, aplicar estrategias amén de que lo que alecciona resulte atractivo y atrayente para los alumnos. Sé con certeza que la formación educativa se aleja mucho de lo que se experimenta en un campo de batalla. Por el contrario, es un hecho que sin unas tropas animadas no hay victoria, por lo que sin alumnos motivados tampoco hay victoria. 

Pero entonces ¿qué puede hacer un profesor ante esta tesitura? Ciertamente  no se puede despertar la picardía a todo el alumnado, sino ya todos irían directos al club de los eruditos. Siempre habrá alguno que se resista. No obstante, la diferencia se marca por la fuerza de las palabras, la pasión que se logra apreciar cuando se imparte una clase. Un profesor debe demostrar su amor, diversión e interés por lo que enseña, conseguir que en cada clase se quede algo en la mente de todos los aprendices. Y, sobre todo, que invite a la reflexión y aliente el pensamiento crítico de los bisoños. Como bien dijo Sócrates “no puedo enseñar nada a nadie, solo les puedo hacer pensar”, la clave de la enseñanza es sembrar conocimiento lleno de incertidumbre. 

El arte de enseñar es difícil de dominar, no todo el mundo es capaz de afilar la hoja de la enseñanza. Aquel que sea prolijo en el uso de la retórica, virtuoso en captar la atención de la clase, será el carpintero de una generación riada de afán por aprender. Porque cuando las mariposas vuelan libres, pintan sus alas de coloraciones distinguidas que, con el pasar del tiempo, acaban madurando afables. 

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