Tribuna Libre

Diseccionando a: Arnaldo Otegi qué nos dice su estructura corporal

El perdón tiene límites: esta afirmación es casi idéntica al título de la extraordinaria obra de Simon Wiesenthal, el cazador de nazis que dedicó su vida a encontrar a esbirros de Hitler. Secuestraron, torturaron y asesinaron a individuos concretos y a masas enteras. No todo merece perdón y hay castigos que estamos moralmente obligados a ejecutar por pura y elemental justicia hacia las víctimas. En caso contrario, llevados por una supuesta y suprema bondad –el “buenismo”–, se comete un crimen todavía mayor al dejar impunes delitos terribles. Me ocuparé hoy de la estructura corporal y de los rasgos más reveladores de un individuo que, bajo ningún concepto, debería ser miembro de las instituciones españolas que representan la soberanía nacional. No seré amable, no puedo ni debo serlo por respeto a sus víctimas y a las de sus secuaces. Y de ninguna manera caeré en la trampa “buenista”: por justicia, porque la decencia nos obliga a todos, o debería obligarnos a todos, sin excepción. En algunos casos, pretender objetividad equivale a cometer la peor de las iniquidades hacia personas que han sufrido lo indecible y cuya vida les ha sido arrebatada. ¡Su única vida ha sido borrada de la faz de la tierra por delirantes designios! Pido al lector un ejercicio previo para que tome conciencia de lo tenebroso que resulta el asunto si tomamos conciencia. Imagínese algo que le parece especialmente hermoso o incluso sublime: una pieza de música, un edificio construido según las más armoniosas proporciones, una pintura cuyos colores y trazos resulten emocionantemente conmovedores,… lo que usted desee. Contraste luego lo que siente al evocar esas obras excelsas respecto a la presencia y conducta de Arnaldo Otegi. Recuerde que Zapatero y Sánchez llaman “hombre de paz” a este individuo que secuestró al empresario Luis Abaitua y, con la ayuda de sus cómplices, lo mantuvo sepultado en un agujero diminuto –un zulo–, mientras durante días le obligaba a jugar a la diabólica ruleta rusa, es decir, a dispararse a sí mismo con un revólver arriesgándose a que la única bala del cargador le atravesara la sien y le reventara el cerebro.

Los cuatro rasgos que llaman la atención en el cuerpo de Arnaldo Otegi, ex miembro de la organización terrorista ETA, son sus piernas, los labios, la sonrisa, la parte superior de su vientre, que aparece abultada y en relación con su respiración, y sus ojillos. Comenzaré por los labios. En la mayor parte de las ocasiones sus labios aparecen finos y apretados. Revelan contención, retención y crueldad, según el neurofisiólogo inglés Jonathan Cole, a quien he citado en otras ocasiones. Como en anteriores artículos usaré la menor cantidad de tecnicismos posible, sólo los necesarios para argumentar. La sonrisa no depende exclusivamente de los labios sino de músculos que rodean la boca (cigomáticos mayor y menor, por ejemplo). La sonrisa de Otegi nunca es una sonrisa franca, nunca va de acuerdo con sus ojos. Observe el lector y se encontrará con una sonrisa a medias, algo que, combinado con el resto de elementos del rostro, compone más bien una mueca de sarcasmo o desdén. Es el desprecio que siente el poseedor de la verdad absoluta hacia quienes considera físicamente prescindibles porque no comparten la Verdad de su manada, su horda, su rebaño, el reducido grupo que sólo quiere ver el mundo a través de la estrecha y distorsionada mirada que le proporcionan esos ojillos, pequeños, reducidos, alejados de la realidad: ¿quizá para no ver más que lo que conviene? ¿Para no ver el horror del sufrimiento causado? En el caso de Otegi, mientras la boca parece reír, los ojillos, diminutos y retraídos, observan maliciosos y desconfiados. La boca simula reír en confiada complicidad con el otro, sin embargo los ojillos calculan fríamente. Son unas ranurillas de mirada zorruna con las que mide y calibra dentro de los muy reducidos márgenes que le permiten sus supuestas causas épicas: la libertad de “la patria vasca” o, muchísimo peor, la pureza de la sangre de los habitantes de esos caseríos incontaminados por sangre impura. La ausencia de sinceridad en la sonrisa de Otegi se asemeja extraordinariamente a la de Pablo Iglesias: ¿alguien le conoce a Iglesias una risa jocunda, llena de vitalidad, contagiosa y no cargada de sarcasmo? ¿Algo que exprese la alegría que nos propuso Baruch Spinoza, el más amable de todos los grandes filósofos? ¡Qué abismo separa a estos dos individuos del sereno y luminoso pensador del siglo XVII, tan moderno!

Las piernas de Otegi son delgadas en relación al abultamiento de su caja torácica: ¿podría tener este hecho relación con sus rasgos de carácter? Tengamos presente que las piernas sirven para la descarga de energía y para el contacto con la realidad. Mediante las piernas caminamos dándonos empuje a cada paso –tomando fuerza y descargándola–, bailamos o damos patadas para sacudirnos algo. Las piernas sirven para descargar energía y, sobre todo, para tocar bien de pies en tierra, es decir, mantener un buen contacto con lo más tangible del mundo real: el suelo que nos proporciona sensación de arraigo y apoyo. Esto es precisamente lo que no hace un secuestrador y torturador. ¿Es posible mantener ese buen contacto con la realidad cuando se está destruyendo la vida de otro ser humano? Para someter a un semejante a esas sevicias es necesario estar poseído de ideologías asesinas y, por tanto, haber perdido contacto con el mundo real en el que lo elemental, lo esencial –el no destruir la vida del otro– es el primero de los valores. No es, pues, extraño, que resulte más bien escaso el contacto de Otegi con el suelo que nos sustenta y nos proporciona un sentido firme y seguro de lo que somos. La energía se concentra en la caja torácica, abultada en la parte superior, hipertrofiada –¿quizá por la retención del odio?– y con aspecto de estar a punto de estallar. Recordemos que el sobrenombre de Otegi era “el gordo”. Antes de perder los muchos kilos que ha perdido, el abombamiento de su tórax era claramente visible. Gabriel Cisneros uno de los padres de nuestra Constitución recibió un tiro por la espalda en 1979. Había sido disparado por dos asesinos, uno de ellos era Arnaldo Otegi. La bala le causó graves daños en el abdomen y las secuelas le atormentaron durante años. A Otegi, un delincuente que tirotea, secuestra y tortura, Zapatero, Sánchez y los líderes de Podemos –los representantes del progresismo– le llaman “hombre de paz”. Definitivamente, una parte de la población española está moralmente muy enferma. Son todos esos votantes de partidos que ensalzan a los verdugos y condenan a las víctimas al ostracismo. Ni en este aspecto ni en muchos otros el progreso ha valido la pena. Es necesario reaccionar.

 

Joaquín Argente es autor del libro Estiramientos de las cadenas musculares. Recuperar la buena forma con el Método Mézières y la Bioenergética de Alexander Lowen

 

Esta web utiliza cookies, puede ver aquí la Política de Cookies
A %d blogueros les gusta esto: