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Sacrificar un gobierno o sacrificar un país

Pues estas son las opciones. Poco se podía esperar de un gobernante que llegó traicionando todo aquello que podía traicionar, principalmente su propia palabra. Nunca pactaría con los separatistas y pactó aun a sabiendas que el proyecto rupturista del nacionalismo por ejemplo de ERC sigue plenamente vigente. También nos dijo que jamás se echaría en brazos de la izquierda extrema de Podemos que a él, nos confesaba, le quitaba el sueño porque según él conducía a las cartillas de racionamiento. También se traicionó y nos engañó.

Aliado del cinismo Sánchez llegó a la Moncloa sin proyecto de país sin plan y sin otro horizonte reconocible para los españoles, que una propuesta a varias legislaturas más parecida a un experimento de ingenieria social transido de todos los ismos que adornan la levedad posmoderna, que a un programa de gobierno a la altura de las necesidades y los desafíos de la España de 2020. Que como se está demostrando eran y son de otra naturaleza, gravedad y calado.

Un gobierno que lo ha basado todo en la agitación y en la propaganda. La mentira es un arma revolucionaria nos decía el referente político de cabecera de nuestro vicepresidente Iglesias y si alguien es capaz de ejecutar una descarga de mentiras con la frialdad y la eficacia de un pelotón de fusilamiento ese es nuestro presidente Sánchez.

Con el control casi monopolístico de los medios audiovisuales y el arma del BOE para repartir prebendas y canonjías mientras durase el dinero, el sanchismo tenía vocación de régimen más que de un gobierno democrático al uso.  Una democracia puramente litúrgica e instrumental con un objetivo cada vez menos indisimulado: la sustitución del pacto constitucional de 1978 y el avance hacia una España devenida en una mera confederación de naciones independientes de facto, aunque ligadas por la debil atadura de las conveniencias particulares en cada coyuntura.

Este era el proyecto y esto es lo que se ha derrumbado en estos dos últimos meses. Los errores de gestión del gobierno han sido de tal gravedad que solo los espíritus menos reflexivos y los estomagos más agradecidos la defienden ya, por cierto cada vez con menos convicción. Retumban todavía  los gritos desesperados de un famoso presentador de uno de esos programas que viven de monetizar las miserias y pequeñeces de sus ya de por si empequeñecidos personajes. Lo peor de la condición humana.

Empero, volviendo al título de esta reflexión que compartimos con nuestros amables lectores, o salvamos un gobierno o salvamos un país. Fracasada con dramático coste para nuesto pueblo la inexistente planificación y la deficiente gestión de la epidemia, ahora se cierne el fantasma de una depresión económica desconocida en España desde 1936.

En estas circunstancias de auténtica emergencia nacional no nos podemos permitir, no podemos tolerar, un gobierno que está de nuevo anteponiendo su agenda ideológica a las necesidades de los españoles. Necesidades que por cierto empiezan a ser cuestión de supervivencia para millones de familias españolas. Se acabó la broma.

El tratamiento que está dando a las pymes y autónomos que son la inmensa mayoría de nuestra clase productiva es sencillamente ignominioso. El trágala de la vicepresidenta cuarta (¿cuatro vicepresidentes?) Teresa Ribera a los hosteleros españoles «el que no esté cómodo que no abra» además de repugnante demuestra una insensibilidad ofensiva en la coyuntura que vivimos.

Pero esa es solo una muestra más de la displicencia irresponsable de este gobierno, que sigue tocando la lira mientras nuestro país se desangra física y económicamente. Un país que ha dejado morir, literalmente, a su mejor generación de hombres y mujeres abandonada en la soledad sin decoro ni dignidad.

Ante esta tesitura solo cabe esperar de esta panda de adolescentes devenidos en hombres de estado que den paso a un gobierno de concentración nacional que aglutine a los hombres y mujeres más preparados y valiosos de este país para evitar el naufragio.  O bien una renuncia inmediata y que sean los españoles los que expresemos en las urnas cuál es el camino que queremos elegir para afrontar el desastre que este gobierno «del borracha y sola» nos ha dejado ya como legado.

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