Orden Dórico

¿Reconstruir o transformar?

Para referirse a la situación de un país, en nuestro caso España, reconstruir es un verbo que debería utilizarse con mucha precaución porque va inexorablemente asociado a un proceso previo de destrucción. Sin embargo, con una naturalidad que debería causar pavor, a lo largo de las últimas semanas venimos escuchando a los políticos que hay que sentarse en una mesa común para alcanzar unos “pactos de reconstrucción en los diferentes escalones de nuestra geografía”. ¿Quiere esto decir que han conseguido destruir España o que los esfuerzos de algunos por hacerlo, están dando los frutos que esperaban?

Un somero recorrido por la historia de las diferentes corrientes políticas que se han alternado en las funciones de gobierno de nuestro país desde 1978, nos dará una idea general de cómo hemos podido llegar a esta situación. El conservadurismo no ha servido como modelo ideal de gobierno porque se apoya en un modelo de Estado que pone especial énfasis en preservar el orden social a base de reprimir algunas libertades individuales, lo que a los ojos de los ciudadanos se ve sin duda como un posible riesgo de deriva hacia un Estado totalizador.

Por otra parte, el socialismo, en cuya genética está implícita la socialización de la propiedad privada, bajo la eterna e inalcanzable promesa de eliminar las desigualdades materiales entre las personas (sigue habiéndolas), siempre ha chocado de frente con los intereses de los grandes, medianos y pequeños empresarios, verdaderos generadores del empleo y sostenedores de nuestro tejido productivo y de las esperanzas de todas las familias. Y como lo que no son cuentas, son cuentos, echemos un vistazo a los datos que a este respecto aporta el Ministerio de Trabajo, Migraciones y Seguridad Social sobre empresas inscritas, eso sí, antes de la situación que ha causado la gestión de la crisis sanitaria y económica de la Covid-19: hasta entonces en nuestro país había 2.900.113 empresas de las cuales, más de un millón y medio de ellas pertenecían a autónomos que estaban al frente de pymes sin asalariados y algo más de un millón trescientas mil, eran las que tenían entre uno y doscientas cuarenta y nueve personas en nómina. De estas últimas las mayoritarias son las más de un millón cien mil microempresas que en sus plantillas tenían entre uno y nueve empleados; más de ciento cincuenta mil empresas pequeñas (entre diez y cuarenta y nueve asalariados); más de veintiséis mil medianas empresas (entre cincuenta y doscientos cuarenta y nueve trabajadores). Y finalmente, las casi cinco mil empresas grandes que contaban con más de doscientos cincuenta empleados. Sin duda, argumentos más que suficientes para encontrar un freno ante las políticas socialistas (hoy depauperadas por la reiterada unión de los términos progresista y de progreso). A pesar de formar parte de la actual coalición para intentar gobernar España, del comunismo no voy a hacer comentario alguno porque los datos de su brutal historia, en todos los países y épocas, son lo suficientemente elocuentes.

Visto lo anterior, tal vez antes de hablar de reconstrucción habría que hablar de transformación. Una transformación que tendrá que pasar inevitablemente por el constante y progresivo cuestionamiento del modelo de Estado. Tenemos un Estado que nos devora como Saturno devoraba a sus hijos. Un Estado que, a base una inasumible cantidad de impuestos (palabra, por cierto, alejada de la voluntariedad propia de la solidaridad), y de una enmarañada burocracia en todos los niveles de la Administración, se ha convertido en el mayor enemigo de cualquiera que quiera ejercer el derecho fundamental que en materia económica se recoge en el artículo 38 de la Constitución Española, donde se reconoce la libertad de empresa en la economía de mercado. Aunque pudiera dar esa impresión, no estoy hablando de un modelo liberal puro, cuya historia ha dado suficientes muestras de disfuncionalidad en su estructura de funcionamiento. Pero sí hablo de un modelo liberal con una presencia minimalista del Estado, que permita el reconocimiento y la gestión adecuada del estado del bienestar y la solidaridad entre pueblos y personas. Pero que defienda el derecho fundamental a la propiedad privada, la libertad individual para entender y organizar la vida como cada uno crea más conveniente, dentro del respeto a las leyes como único marco de regulación de la conducta individual, lo que además daría sentido real a la separación de poderes. Más que de reconstrucción, hay que tener el valor de sentarse a hablar de transformación porque lo que ahora tenemos, simplemente no puede volver a repetirse.

Artículo de Chema Ayaso

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