Opinión

Diseccionando a: Pedro Sánchez qué nos dice su estructura corporal (3)

La magnitud de la tensión que Sánchez pone en las mandíbulas y lo torva que deviene su mirada cuando siente furia nos dirán mucho más sobre su narcisismo que el sobreexceso de palabras que usa, vacuas en la mayor parte de las ocasiones. En la escena española no existe ningún otro político, ninguno, –exceptuando a Iglesias, su socio y enemigo–, cuyo rostro exprese una ira tan intensa en numerosas ocasiones. Todos los otros líderes españoles de primer y segundo nivel pueden revelar con frecuencia signos evidentes de irritación, desagrado, malestar o enojo, pero aun así conservan la templanza, cualidad que el filósofo político Norberto Bobbio consideró de extraordinario valor en la política democrática. Ni es el caso de Sánchez ni el de Iglesias, ambos habituados al grito, la amenaza y la bilis más negra y primaria. Son arrebatos incontrolados que revelan un Yo mal construido, infantil, peligroso en personajes que gozan de mucho poder. La rabieta destructiva de un niño no tiene consecuencias sociales pero el afán de venganza de un mandatario movido por muy oscuros conflictos íntimos puede destruir una sociedad.

He ahí, pues, en la musculatura del rostro de Sánchez donde encontramos los signos más evidentes de su narcisismo. El neurofisiólogo inglés Jonathan Cole, profesor de la Universidad de Southampton, ha estudiado bien el fenómeno de la musculatura facial y su relación con las emociones. Definiré el narcisismo de manera necesariamente breve. Ha sido muy estudiado desde Freud hasta las geniales obras de Christopher Lasch o Alexander Lowen. Consiste en una enorme inversión de energía en la imagen que tiene lugar en detrimento de sentimientos auténticos como la compasión, la satisfacción sincera por un trabajo bien hecho, la honestidad, la capacidad de ponerse en el lugar del otro (empatía),… Puesto que el narcisista es una cáscara vacía –una imagen– y en el fondo sabe que es un fraude incapacitado para muchas tareas y experiencias genuinamente placenteras, necesita manipular y mentir para poder conseguir sus propósitos. Utiliza a los otros como meros objetos y lo hace sin escrúpulos ya que es incapaz de verlos. Sólo se ve a sí mismo, es el centro del universo. El narcisismo también es un sentimiento de omnipotencia directamente asociado a las primeras etapas de la infancia. Los líderes políticos con actitudes mesiánicas son ejemplo claro de esa creencia todopoderosa: están persuadidos de ser nuestra salvación. Esta fijación en el deseo de convertirse en guías y redentores oculta su imperioso afán de admiración e incluso veneración. Viven para ser vistos, elogiados y aplaudidos. No obstante, esta caricia positiva –según la terminología del Análisis transaccional– que es la valoración ajena no toca más que la superficie del narcisista, su envoltorio, su máscara, nunca llega al núcleo profundo, a un sentimiento genuino… porque no existe. Así, a pesar de la mucha admiración que pueden llegar a conseguir utilizando cualquier medio, se sienten profundamente insatisfechos e infelices. También de ahí nace su odio hacia el mundo: son capaces de observar la vida que bulle, a veces, fulgurante y hermosa a su alrededor; y en otras ocasiones difícil pero igualmente estimulante y bella. Ven la vida en los otros, sí, la observan desde fuera, pero carecen de la capacidad de sentirla. Son los eternos desterrados de una vida que envidian, seres muertos interiormente que necesitan rodearse de todos los signos externos de vitalidad y estatus para sentir su ego –ya que otra cosa no hay–, y acceder mediante la posesión y ostentación de objetos al menos a un sucedáneo de vida. Desolador sustituto tan triste como lo son ellos. ¿Qué puede esperarse de un gobernante cuya vida interior no es más que desdicha a pesar de todas las apariencias?

Volvamos a Sánchez y a la musculatura del rostro. Revela su furia ante todo aquello que destruye su autoimagen de ser ídolo merecedor de la general admiración. De manera espontánea, brusca y automática –fuera de su control–, tensa los maseteros, músculos fortísimos que conectan el cráneo con la mandíbula inferior y sirven para morder con fuerza, masticar y desgarrar. Sin ninguna duda la tensión extrema en ellos pone al descubierto lo más primario, la reacción amoral del cerebro reptiliano del individuo: el impulso de agredir ante lo que percibe como un ataque intolerable. En el caso del narcisista ese ataque es un agravio a su egolatría, su convicción de ser el centro del mundo alrededor de cuyas supuestas proezas y capacidades todo gira. Su Yo, frágil y muy rígido, se tambalea y se ve al borde de la destrucción. La tensión que Sánchez pone en las mandíbulas alcanza tal intensidad que aparecen abultamientos en sus mejillas y, ya desde su preadolescencia y adolescencia, estuvo presente como ponen de manifiesto las cicatrices del acné que sufrió. Simultáneamente, tensa el músculo orbicular de los labios y también los orbiculares de los ojos. Así se compone un rostro cuya expresión es de puro odio. Los ojos se empequeñecen convirtiendo las pupilas en objetos punzantes. La carnosidad de los labios desaparece ya que al juntarse y apretarse uno sobre otro se vuelven finos y de aspecto cruel. Todo se comprime como convirtiéndose en un elemento arrojadizo dispuesto a herir: mandíbulas, boca y ojos quedan reducidos al mínimo. La embestida agresora está ya ahí, dispuesta para desgarrar… pero debe ser contenida, so pena de que el narcisista deje al descubierto su faceta menos seductora y útil para la manipulación: la capacidad de destruir y el odio a todo argumento, idea o persona que arruinen su convicción de que es muy superior a los otros. Cuanto mayor es la convicción del narcisista respecto a su superioridad sobre los otros, mayor es la furia que se desata cuando esa creencia se ve humillada. Que cada uno observe con atención a Sánchez y saque sus conclusiones tras observar el rostro.

 

Joaquín Argente es autor del libro Estiramientos de las cadenas musculares. Recuperar la buena forma con el Método Mézières y la Bioenergética de Alexander Lowen

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