Orden Dórico

Tiempos de política degenerativa

La disimulada gravedad de la actual situación socio-sanitaria y económica está distrayendo nuestra mirada de algo que, a medio y a largo plazo será aún mucho más peligroso: nuestro deterioro moral como sociedad. Si la ética es la parte de la Filosofía que se ocupa de la moral y de las obligaciones de cada uno de nosotros, y la moral es la vertiente que entiende del carácter de bondad o maldad de las acciones humanas, sin duda convendrán conmigo que, desde hace ya algún tiempo, la conducta y las actitudes de los políticos (con alguna excepción) y la de muchos de nosotros (también con honrosas excepciones), deja mucho que desear.

En estos momentos en los en que los ciudadanos no nos sentimos representados por aquellos partidos y personas que, convocatoria tras convocatoria a las urnas nos piden nuestra confianza para, elección tras elección, hacer con nuestra voluntad como pueblo todo lo contrario de aquello para lo fueron elegidos: promesas incumplidas, pactos contrarios a nuestros deseos, coaliciones o censuras anti-natura cuya única finalidad es aupar o mantener en el poder a quienes las llevan a cabo, lo único que le apetece a cualquiera es pegar cuatro gritos y cagarse en todo lo que se mueve. Pero no, eso sería bajar a su nivel y arrastrarse por esos mismos lodazales donde ellos y ellas son auténticos especialistas.

De aquellos que en la Roma clásica tenían como oficio la política con ética, se comentaba que poseían decorum; una manifestación que era garante de ser un político honesto y discreto cuyos actos estaban revestidos de corrección y justicia. Muy por el contrario, la política y los políticos del siglo XXI se han degenerado en protagonistas de un vergonzoso espectáculo barriobajero lleno de odios, de egos e intereses puramente partidistas, que ya no se puede llamar política. Con la autoridad que da la Historia, recordemos que en el año 70 a.C., en su ataque al tirano Verres de Sicilia, Cicerón nos advertía: “Cuando los políticos no se rigen por la ética, son como hienas a la caza del poder”.

Gobernantes y aspirantes a gobernar que degeneran la política, sí. Pero los elegimos nosotros y lo seguimos permitiendo nosotros; somos sus cómplices. Como estamos viendo, esta política sin ética ha ido alejando a la sociedad de los valores fundamentales de las personas, de su evolución interior en tanto que seres humanos, para poner más acento en los valores prácticos. Se deteriora la naturaleza humana de la sociedad y se la sustituye por un pragmatismo frío y estadístico. Un desequilibrio. Pero incapaces de verlo, y mucho menos de reconocerlo, nos quejamos de “la brecha cada vez mayor entre los políticos y los ciudadanos”. Y ahí queda todo. ¡Hay que joderse!

Estamos viviendo momentos especialmente graves en nuestro país. Momentos de los que se desprenderán otros que agravarán aún más la situación. Sin embargo, estos plagiadores de la voluntad ciudadana, que degradan con su conducta los escaños de nuestra democracia, cegados por la soberbia e impedidos por la miseria de sus intereses partidistas, se muestran incapaces de actuar con la necesaria grandeza moral que requiere esta situación. Durante mucho tiempo se nos ha adiestrado para abandonar el librepensamiento y ahora, como adictos, nos movemos por el mundo de las ideas como una bandada de estorninos al ritmo de los vientos de las siglas de los partidos con los que se identifica cada cual, a pesar de ser víctimas y colaboradores necesarios de esta degeneración de la libertad.

España ha pasado de la necesidad a la urgencia. Estamos sufriendo la experiencia de la inexperiencia; de los experimentos gubernamentales y del populismo a babor y a estribor. Es absolutamente perentorio el regreso a la madurez y a la grandeza de la política con ética; a la madurez de ser librepensadores para desintoxicarnos de las ideas y de los modelos de vida impuestos. Razón tenía Aristóteles cuando en su ‘Ética a Nicómaco’ escribió: “no se enseña ética para saber qué es la virtud, sino para ser virtuosos”.

Artículo de Chema Ayaso.

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