Viviendo en San Borondón

Entre la mentira y la indignidad

Es muy posible afirmar hoy, con un grado alto de certidumbre, que estamos viviendo en España una etapa en que la política y las redes sociales, esas que cada día están sustituyendo mas a los medios de comunicación tradicionales como vía para que los ciudadanos se enteren de lo que acontece, se muevan más entre la mentira y la indignidad que en lo que debiera ser su función de informar y tranquilizar a la gente del común que no entienda el lenguaje politiqués, el arte del engaño y el embeleco a corto plazo.

El Parlamento y las infinitas comparecencias perfectamente prescindibles con un rosario de ministros, y ministras apostillaría el que oficie de presentador de la parodia teatral del día, se han convertido en un escenario donde representar unos papeles más menos que más ensayados para tratar de apabullar al espectador con una perorata asfisiante y una ristra de datos y de anuncios a cada cual menos creíble al comprobarse, al día siguiente, que no eran verdaderos.

Por ejemplo, test o mascarillas que dicen que se reparten, pero que en realidad no llegan y cuando lo hacen, son defectuosos negandose a decir quien es el intermediario que los engañó.  Y desde el principio me ha sorprendido, dada la tontuna lingüística tan querida por el social-comunismo, que aunque afirmen que vayan a proteger a todos y a todas, trabajadores y trabajadoras, sólo se refieran a los muertos, tal vez porque el coronavirus no mate mujeres, que eso se reserva para la violencia machista a la que se refirió Carmen Calvo días antes del 8M.  Y eso sin contar, nunca mejor dicho, conque según estamos viendo con estupor, no saben decir con cierto grado de aproximación verosimil cuantas personas han fallecido por el Covid-19.

Y el gobierno de España, sabiendo que no hay mejor defensa que un buen ataque y que una mentira cuando más gorda es, más se la cree la gente, dice que va a crear una especie de Ministerio de la Verdad para que no se difundan bulos y mentiras, salvo las que lleven el sello oficial.  Es otra pieza del puzzle totalitario que empezó con la ley de Memoria Histórica.  Y para que se cumpla ese ansia que el guerrillero demóscopo Tejanos detectó en la ciudadanía, lo pondrán en manos de Podemos, que en eso de la agitprop en las redes sociales tiene gran experiencia, como el propio Pablo Iglesias confesó (no se ha verificado su veracidad) que fue el impulsor del rodeo a las sedes del PP cuando no nos merecíamos un gobierno que nos mintiera, decían los mismos que hoy mienten hasta cuando desmienten.

Pero lo que cada día resulta mas insufrible es ver el deterioro democrático del Parlamento.  Sus señorías, a mi entender, deberían plantearse seriamente una reforma total de esa institución.  No puede ser, o no debiera poder ser, que la presidencia esté ocupada por una persona militante de un partido político y que actúe como tal al servicio del gobierno.  Debiera ser un auténtico poder legislativo y fiscalizador de la acción gubernamental.  Si en alguna institución urge establecer una especie de juzgador de la imparcialidad, de la defensa del derecho de los diputados a que se les responda a sus interpelaciones con verdad y precisión y que sea garante del correcto funcionamiento del sistema, es aquí en la sede de la soberanía.

No puede seguir ocurriendo algo que ya se ha hecho costumbre de tanto uso y abuso, que en cada sesión, al ser interpelados por la oposición el Presidente o sus ministros sobre un asunto, no se responda a lo que se está preguntando y se salga por peteneras sin que sean llamados al orden por alguien con autoridad moral para hacerlo, que obviamente no puede ser quien preside la sesión y defiende los intereses de su partido o partida.  Es unir el desprecio y la  soberbia a la mentira y a la ocultación, no al diputado sino al pueblo que representa.

No se puede dejar el averiguar con la mayor precisión posible quien dice la verdad y quien miente en manos de tertulianos, showmen en unas televisiones bien regadas con fondos y favores públicos, entre otros los de la publicidad institucional.  ¿Cómo se puede, por ejemplo, tolerar que el Gobierno de España se niegue día tras día a informar del nombre del intermediario a quien compró el material sanitario defectuoso y que al preguntársele responda con otra cosa por la que no se le ha preguntado al mejor estilo cantinflesco?  ¿Cómo es que los verificadores aún no lo han verificado?

Artículo de José Belda

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