Orden Dórico

Como el vino y el pan

El modelo neurótico que las sociedades modernas hemos diseñado y promovido hasta aceptarlo como el estilo de vida normal, nos ha engullido. Vivimos convencidos de que todo ha de ser y ocurrir rápidamente. Nos hemos olvidado de los ritmos naturales a pesar de que en alguna parte de nuestro interior sentimos la imperiosa necesidad de recordarlos —por cierto, una preciosa voz latina, recordari, que etimológicamente significa volver al corazón—, y así vivimos. Asistimos a cursos de coaching, devoramos libros y artículos de autoayuda y los más atrevidos, invitados por oportunos enlaces en las redes sociales y en la mensajería instantánea, se atreven a asomarse a algunos textos muy resumidos, flashes, de la filosofía estoica. En definitiva, seguimos distrayéndonos inmersos en nuestro modelo de neurosis diaria, en un intento de tranquilizar aquel latido que insistentemente nos resuena muy adentro, a base de consumir las cataplasmas que nos dan otros. Es decir, que no re-cordamos.

Si el Todo tiene su tiempo, cada acontecimiento posee el propio. El Equilibrio Natural no sabe de nuestros pareceres ni de nuestros gustos o preferencias. Muy por el contrario, hemos de ser los seres humanos los que, una vez Lo hayamos entendido, tengamos que reequilibrar las acciones y los pensamientos para armonizar nuestra existencia individual y colectiva.

Hagamos lo que hagamos, como individuos o como grupo, no podemos dejar de ser conscientes de que cada acción requiere y exige de nosotros regresar al Equilibrio. Superadas las guerras históricas y sus correspondientes postguerras, las sociedades occidentales decidimos acogernos al modelo democrático en sus diferentes versiones. En 1978 la mayoría de los españoles con edad de votar decidimos que nuestro país hiciera en paz la transición desde una dictadura a una democracia. Mediante la aprobación de la Constitución, elegimos darle forma de monarquía parlamentaria cuyo poder legislativo reside en las Cortes Generales donde la voluntad popular, está teóricamente representada por los partidos políticos. Todo se prometía (y se sigue prometiendo) como el modelo ideal. Sin embargo, estamos viendo que no es así.

Ilusionados con el regreso de los derechos y las libertades recogidas en la Carta Magna, nos distrajimos. Nos dedicamos exclusivamente al disfrute hedonista de lo conseguido y nos distrajimos. Olvidamos que, por muy representativa que sea, la democracia es el gobierno del pueblo. Entregamos la responsabilidad de gobernar exclusivamente a los partidos políticos y desequilibramos el sistema. Deterioramos así aquella democracia recién nacida para alimentar al monstruo demoledor de la partitocracia a la que lo único que le importa es su propia pervivencia (un buen síntoma de esto es el aumento de siglas partidistas). Los intereses generales han dejado de ser un ideal alcanzable para transformarse en un insultante eufemismo de unas amargas migajas de nuestros derechos y libertades. Este deterioro ha alejado a las mujeres y hombres de Estado; y a la política, que debería ser el noble arte de regular la vida en común, basándonos en la condición natural de los seres humanos para vivir en una sociedad organizada, acceden los más ineptos; los que defienden sus siglas por encima de todo. Los que son capaces de justificar las mayores injusticias, corrupciones y violencias. Aquellos que carentes de ética se atreven a elaborar discursos y titulares vacíos de verdad. La partitocracia se ha tornado ineptocracia y gestiona nuestras vidas. Y lo peor es que pretende seguir haciéndolo.

Así como la uva necesita de los encierros en las bodegas para transformarse en el vino más excelente, y la mezcla de harina y levadura necesita del reposo para convertir sus humildes componentes en el más exquisito pan, aprovechemos estos días de confinamiento para meditar sobre nosotros mismos, sobre lo que hemos sido, lo que somos y lo que queremos ser, también como país. Cultivemos el pensamiento crítico.

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