Al Faro

Europa ante sus tres espejos

No voy a considerar teorías acerca del origen y las causas de la pandemia. Suficiente se ha escrito, se agotan ya las explicaciones en un caudal infinito de conjeturas, casi todas contradictorias. Ya (parcialmente) recuperado del zarandeo inicial, quiero empezar reflexionando un poco sobre el futuro de Europa o más precisamente de la Unión Europea o parafraseando la nomenclatura aplicada al marxismo la Europa realmente existente. Lo que estamos viviendo pone de manifiesto varias tendencias que se entrelazan que chocan y  dificultan la viabilidad del proyecto europeo .Una proyecto europeo, por cierto, más vulnerable y amenazado que nunca.

El primer espejo es el de la larga duración (longue durée) el del peso del tiempo y la geografía. Fernand Braudel la inauguró con un ensayo que marcó un antes y un después en la historiografía moderna. En El Mediterraneo y el mundo Mediterraneo en tiempos de Felipe II, Braudel analiza las tendencias largas o las huellas que son  «la Historia casi inmóvil la del hombre en sus relaciones con el medio que le rodea; una historia lenta en transcurrir y en transformarse».

Esa larga duración aflora cada vez que la Unión Europea se enfrenta a un problema existencial, a una crisis de calado. Las cesuras de la historia europea afloran y supuran en las situaciones de tensión. Desde la Europa romanizada a la que pasó apenas de puntillas por la labor civilizatoria de Roma; la que se reformó a la que se contrareformó; la que se ilustró y la que concilió razón y fe, la que se industrializó a la que perdió el tren del sistema febril.  La del Norte y la del Sur. La apolinea a la dionisiaca que diría Nietzsche.

Por muchos Erasmus que hayamos  programado, y por mucho Espacio Schengen que hemos disfrutado, los prejuicios entre los europeos por más que se han suavizado, permanecen en lo más hondo del imaginario colectivo. Una vez más se muestran con descarnada virulencia en declaraciones prejuiciosas contra los españoles como las del ministro holandés Wopke Hoekstra o en los titulares gruesos sobre los italianos que a menudo publican los tabloides alemanes. Por ejemplo.

El segundo espejo que se nos pone por delante es el del nacionalismo.  No hay ideología, más bien cabría llamarla sentimiento, políticamente más potente y más destructivo que el nacionalismo. Ni siquiera un socialismo en auge  con su sentimiento de clase y su solidaridad obrera internacional en plena vigencia, pudo frenar en 1914 la llamada arrebatadora del tambor guerrero de la patria.  Desde el congreso socialista de Stuttgart (1907) y sucesivamente en los de Copenhague (1910) y de Basilea (1912) ya se venía buscando la conciliación entre solidaridad obrera y cuestión nacional.  Nada sirvió para salvaguardar la solidaridad internacional.  El asesinato de Jean Jaures el 31 de julio de 1914 cegó cualquier salida a un entendimiento solidario y pacífico entre las masas proletarias de Europa.  La inexplicable cadena de errores  diplomáticos, las ambiciones imperialistas y el proteccionismo económico hizo el resto. Los resultados los conocemos todos.

No hay antídoto contra el veneno de lo exacerbación de lo propio. Su fuerza radica en el sentimiento de supervivencia de preservación, en su primaria simplicidad y contra eso es imposible oponer argumentos por sensatos y racionales que puedan ser.  Nos enfrentamos de nuevo a un escenario redivivo en Europa. Las condiciones y las perspectivas se parecen inquietantemente al periodo de entreguerras, mucho más aún después de la irrupción de este extraño pasajero llamado Covid-19.  El proteccionismo económico y las desconfianzas ancestrales que ya empiezan a asomar peligrosamente en Europa y las luchas por acumular recursos ya tienen el resultante de tensiones diplomáticas  tolerables de momento, pero solo de momento. Repetir los errores del pasado, sucumbir al cortoplacismo y los caminos de vía estrecha  solo nos puede conducir al mundo por un camino cierto: el de la confrontación bélica más pronto que tarde.

Es el terreno perfecto para el surgimiento de iluminados de uno u otro extremo del espectro de ideas. Son las aguas turbias y caudalosas que necesitan los pescadores de río revuelto de todo pelaje, clase y condición.

Por último el tercer espejo al que se enfrenta esta Europa cada vez más desunida en su inutilidad es el de superar su propia parálisis. La primera asignatura la lucha contra la pandemia se ha  saldado con un escándaloso suspenso. Los ciudadanos europeos hemos tenido la sensación de que nuestro gran dique de contención (la UE) se diluía como un azucarillo en agua justamente cuando más lo necesitábamos.

Esta sensación de parálisis, de anquilosamiento institucional y de falta de proyecto real explica entre otras muchas cosas el Brexit y el ascenso de cada vez más fuerzas euroescépticas en los parlamentos nacionales.  A los ojos del europeo medio, el parlamento de Bruselas es a lo sumo un cementerio de elefantes en el que los políticos europeos van, o bien a purgar sus errores domésticos, o bien a concluir su andadura pública.  Eso sí disfrutando de unas prebendas que escandalizan al más firme y determinado defensor del proyecto europeo.

Se necesita por tanto autocrítica y determinación. No hay futuro posible para los países de nuestro continente sin entender la necesidad de actuar unidos en este competitivo mundo global. Un mundo en el que ya nada será igual. Los centros de poder y de decisión se van a trasladar progresivamente a Asia y  no me entusiasma precisamente la forma de ver y entender la sociedad de China o  de Rusia, actores y modelos que van a salir reforzados de esta hecatombe con total seguridad.  Europa quedará relegada a una acelerada decadencia,  a ser un «segundo mundo» en el mejor de los casos cuando no un tercero en algunas regiones.

Aún estamos a tiempo de corregir el rumbo, de dar un nuevo impulso decidido a nuestro proyecto colectivo. Para ello hará falta autocrítica por parte de todos. Y generosidad.  Es difícil pedirle solidaridad con el sur a un alemán o un holandés cuando has dilapidado años preciosos para reducir tu déficit y hacer profundas reformas estructurales para equilibrar las fuerzas y los esfuerzos en la UE. En el caso de España ¿Con qué moral vamos a exigir a los países ahorradores que nos ayuden en estos momentos, cuando hemos elegido en las urnas un gobierno que prometía justamente lo contrario, gastar sin control y repartir supuestos derechos que no se puede pagar y permitir? Es difícil. Resulta complicado exigir solidaridad a un finlandés cuando tenemos gobiernos autonómicos en España que niegan la solidaridad a las comunidades de al lado.

Los países del norte no deben olvidar que su cada vez más precaria riqueza y estabilidad son el resultado de un continente unido y equilibrado. Si Alemania y no digamos Holanda o el propio Reino Unido quieren tener algo que decir en el mundo  que se dibuja y mantener unas cotas razonables de paz y de  bienestar,  no pueden ignorar las enseñanzas de su propio pasado. Hacer una hermenéutica incorrecta de lo que hemos sido es el pasaporte seguro para repetir lo que Hobsbawm denominó la Era de las Catástrofes. Y lo peor es que no nos queda mucho tiempo.

David Crespo.

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