Editorial

El desconcierto autonómico con el coronavirus evidencia las fallas del sistema

En situaciones críticas cuando la tormenta azota con fuerza es cuando se ve si las cuadernas de un barco están bien atornilladas o cuando fallan de manera alarmante provocando vías de agua que amenazan la flotabilidad de la nave.  Ha tenido que llegar la crisis de la neumonía de Wuhan para comprobar la fragilidad y la descoordinación de nuestro sistema territorial o nuestro sistema de gobierno y administración, llámenle como quieran.

Sin ir más lejos hablemos de efectos prácticos. El gobierno de Canarias desaconseja las visitas a personas ingresadas si uno tiene tos o dolor de garganta; el gobierno del País Vasco pide que solo se recurra a la atención sanitaria telefónica si uno ha viajado a zonas de riesgo; el gobierno de la Comunidad de Madrid recomienda imprimir carteles de forma masiva con los consejos médicos contra el coronavirus; sin embargo la Junta de Andalucía es partidaria de una convocatoria urgente del Consejo de Política Fiscal y Financiera para que arbitre un fondo de contigencia para el coronavirus. Valencia suspende las Fallas pero en Andalucia no se sabe qué pasará con la Semana Santa. A todas estas el Gobierno de España convoca una reunión para el sábado (sí sí para el sábado) y en estas estamos.

Cada comunidad gestiona el combate contra el coronavirus a su manera, mientras, en paralelo, el Ministerio de Sanidad prepara un nuevo paquete de medidas que se resiste a concretar. Se sabe que el Gobierno maneja planes pensados para una eventual fase de mitigación, aunque considera que es pronto para activarlos. Supondría el endurecimiento de medidas de distanciamiento, prohibiciones de salida y acceso a municipios o regiones particularmente infectadas, así como la restricción o incluso la suspensión de servicios de transporte. Pero todo esto es un mero futurible.  De momento reina la descoordinación y la improvisación de las propias comunidades y del gobierno.

Todos los países del mundo han centralizado la información y la atención de la crisis en un solo teléfono, España se pierde en una maraña absurda de burocracia ineficaz y ridícula. En algunas comunidades, como Asturias y Cantabria, el 112 es el teléfono de referencia. En Cantabria también se puede llamar al 061, el teléfono de referencia, asimismo, para Cataluña, Islas Baleares y Aragón. En el resto de autonomía se ofrecen diferentes números de teléfono: Andalucía (955 545 060), Castilla La Mancha (900 122 112), Castilla y León (900 222 000), Ceuta (900 720 692), Comunidad Valenciana (900 300 355), Galicia (900 400 116), Canarias (900 112 061), La Rioja (941 298 333), Murcia (900 121 212), Navarra (948 290 290) y País Vasco (900 20 30 50).

Se sospecha que algunas comunidades no están siendo todo lo transparentes que debieran ser a la hora de ofrecer la información real de la situación.  En concreto Cataluña y Valencia. En Valencia se supo la muerte de una persona por coronavirus varios días o semanas después de su fallecimiento. En Cataluña según La Vanguardia de 11-3-2020 dice que «según las cifras oficiales, en Catalunya, a día de hoy, hay 156 personas contagiadas por coronavirus y tres fallecidos. Pues bien, los datos que manejan los expertos incrementarían esta cifra de contagios de manera exponencial. “Calculamos que en Catalunya hay 700 contagios más por coronavirus de los confirmados”, ha afirmado Oriol Mitjà, médico especialista en enfermedades infecciosas, en RAC1″. Inquietante.

Lo que se está poniendo de relieve con una crudeza extraordinaria es la lentitud y la descoordinación de nuestro modelo para afrontar contingencias de esta naturaleza. Quizá debería hacer reflexionar a aquellos que nos venden el federalismo como la panacea de no se sabe qué (de unir lo desunido podría ser de desunir lo ya unido lo dudo) y los micro-nacionalismos como soluciones a un mundo global en el que una epidemia de Wuhan (el interior de China) en pocas semanas desabastece supermercados en Madrid y Álava o colapsa por entero un país como Italia.

En este contexto el gobierno de Pedro Sánchez hace repetidos llamamientos a la calma. Debería saber el equipo de comunicación del señor Sánchez que no hay nada que gener más alarma y pánico que el fallo de las previsiones y la evidencia de que lo que se nos había vendido como una gripe más o menos sin consecuencia se ha convertido en una peligrosa realidad que amenaza nuestro modo de vida.

Esta es la realidad que vivimos, este es el mundo global y comsmopolita que avanza a pasos agigantados, para lo bueno y para lo malo. No vale agachar la cabeza como los avestruces porque la realidad, las réplicas brutales de la realidad nos pasarán igualmente por encima. Tampoco vale refugiarnos en la melancolía porque las economías globales y las nuestras también cada vez son más frágiles e interdependientes.  Tenemos dos caminos por tanto. El primero es seguir por la vía del estúpido ombliguismo paleto que nos invade inmisericordemente o asumir responsable y sensatamente la necesidad de construir un estado fuerte y eficaz para ofrecer el mayor bienestar a nuestros compatriotas. El otro camino es diluirnos poco a poco en la más absoluta ruina e insignificancia. Nosotros elegimos.

Por  cierto del papelón de la Unión Europea hablamos mañana.

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