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Tolerancia a la intolerancia

Mientras las persianas de Don Pedro Infinito, mi calle, se alzaban triunfantes como si fueran coristas del Cara al Sol, me hallaba curioseando lo más aclamado de Twitter. Usuarios involucrados las 24 horas en trifulcas, insultos, toxicidad. Vamos, una sarta de mugre concentrada. Rara, muy rara vez encuentro algo que verdaderamente capte mi atención. Pero, de repente, descubrí un nuevo debate polémico que prendió en llamas las redes. El gobierno progresista y de progreso -por si lo primero no quedaba claro- había propuesto ilegalizar la exaltación hacia Francisco Franco o, también llamado «el caudillo inmortal». Una situación ad hoc para que las dos Españas, -rojos y azules- disparen balas cargadas de fanatismo.

Bien es sabido que nadie en su sano juicio querría volver a una dictadura -yo me incluyo y eso que ni la he vivido- es lo que se denomina sentido común. No en vano, España siempre ha sido la oveja negra de Europa en cuanto a este dilema. Solo hay que observar el periodo post – Transición, donde se ha permitido actos inadmisibles, abanderados, como no, bajo la dichosa «libertad de expresión». Águilas rapaces propagando un discurso totalitario con la capacidad absoluta de degenerar la democracia a su gusto. Como si del COVID-19 se tratase. ¿Por qué se debería permitir la apología a una dictadura? Significa tolerar a los intolerantes. Para avenirse mejor querido lector, me gustaría señalar una analogía muy simple. Es un hecho que la apología al terrorismo es un delito. ¿Qué es, sino una dictadura? Terrorismo de Estado. Ahí está lo elemental de esta coyuntura. ¿Es una obviedad si lo vemos así, verdad? Me temo que hay gente que sigue obstinada. Y no me malinterpreten, cada individuo goza de sus convicciones, ideales, pensamientos y opiniones. Pero, la anhelada libertad ilimitada no es saludable para la ciudadanía ni para la democracia liberal.

Bueno, sigamos esculpiendo la piedra de mi tesis. Permíteme rescatar al prolijo filósofo Karl Popper, humilde pensador austriaco que, en 1945 describió la paradoja de la tolerancia. Dicha propuesta intelectual fue y es sustancial ante el debate de si hay que establecer límites a la libertad de expresión. Puede sonar prosaico, incluso desalentador, por el contrario, hay que introducirse en el meollo de su filosofía para calar el por qué. Según Popper, el exceso de tolerancia hacia la intolerancia provoca que los tolerantes sean devorados por los intolerantes. En pocas palabras, meterse de lleno en la boca del lobo. Muchos libertarios conciben que hasta que no haya violencia por parte de estos colectivos -algo irrisorio a mi parecer- no se debe coartar la libertad de nadie. 

No en vano, el punto de inflexión aflora cuando el discurso que se propaga encierra violencia en su naturaleza. Superioridad, dominación, racismo, misoginia, imposición, son algunas de las joyas que se pueden rescatar de sus mensajes. Sin ir más lejos, en las entrañas de Israel ya están sucediendo fenómenos taciturnos de tal calado. Son, los judíos ortodoxos, un modelo notable y paradójico. Estos «frikis» del Torá, actúan como parásitos autoritarios, cuyo vil propósito es favorecido gracias a la virtuosidad del sistema democrático. Fundamentalistas que, con puño de hierro, acometen contra los sionistas que no son dignos de pertenecer a su burbuja. Encarnan, sin vacilaciones, un modus operandi que merma paulatinamente la democracia, constituyen la peste bubónica del siglo XXI. 

Quiero que se percate que, la libertad se encuentra en un estado de melancolía, su madre, la democracia, está doliente y aún no ha tropezado con una cura. «De la piel para adentro mando yo», palabras doctas de Antonio Escohotado que, personalmente comparto. El Homo sapiens es un amante y defensor de la libertad, de eso no tengo la menor sospecha. Pero, ¿a qué precio su disfrute infinito? ¿La Égalité? ¿La Fraternité? Inclusive la propia liberté. Es evidente, nuestra sociedad está sumida bajo el paraguas de un contrato social que nos aleja del conflicto eterno. Desavenencia que hay que evitar a toda costa. Las remembranzas del nazismo nos enseñó la lección, del comunismo más de lo mismo. Y es que,  doctrina que priva la libertad, doctrina que se convierte en la villana de este «mundo feliz». 

Escrito por Adrián Haro. Estudiante de Periodismo y Comunicación Audiovisual. Universidad Fernando Pessoa.

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