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Brillantes narcisistas

Apolíneas doncellas de terciopelo, esbeltos torsos ateneos, cristalinas y sosegadas aguas recogidas en manantiales o riachuelos finitos. Efímeros cantares acompasados de trompetas amarillas. La primavera regresaba, y junto a ella el reflejo bello, hermoso y llamativo de Narciso. Dichosos enamorados y repudiados por el retrato del mito griego. Castigado por su vanidad e incapaz de separarse del destello de su rostro, el joven apuesto cayó a las profundas corrientes del río Estigia.

Así, los escritos continuaron acopiando nuevos y trágicos desenlaces. Radiantes nenúfares que marchitos con el transcurrir de las estaciones, han alimentado una constante agonía. Atendiendo a esta premisa ¿existen tales finales en la actualidad?

Si se extrapola el relato a la realidad contemporánea, cohabitan más similitudes que divergencias. Los desaciertos superficiales de Elena Rybalchenko, influencer rusa e irónica propulsora del “Barcelona is on fire”, acrecientan el frenesí del postureo moderno, simple y efectivo. Y no solo los hijos de Rusia lideran la tabla de ajedrez, asimismo los hay quienes inyectan dosis de ignorancia hacia emblemáticos lugares, donde solo los muertos han visto el fin de la guerra. De Chernobyl a Auschwitz, del Valle de los Caídos al bosque de los suicidios de Aokigahara. Pisotear memorias históricas nunca había reanimado tantos corazones o pulgares, ni siquiera los petrodólares de Elon Musk podrían expeler las raíces del exhibicionismo gratuito de la última década. El tonto se piensa sabio, pero el sabio se sabe necio. Sinceramente Charles Darwin tenía razón con su teoría evolucionista. Ahora, son los mentecatos quienes prescinden de una camiseta repleta de rayas rojiblancas.

Mens sana in corpore sano. Absurdas obsesiones corpóreas que rescatan pensamientos de Parménides de Elea. El camino de la opinión, aparentar por gustar. Rechazo a la práctica reflexiva, abstinencia a proyectar la objetividad humana. Hordas de hedonistas que anhelan ser como Dorian Gray, mientras procuran encerrar su “ello” y su “yo” verdaderos. Exposiciones artísticas de retratos conservados y exaltados de divinidad, cuyo único propósito revela sus degradadas vidas. Aunque no hay nada más melancólico que observar almas enmascaradas con nicknames acuñados en su DNI. Maldita perfección, detestable copiosidad. Contagiosas pantallas que adolecen la mente intranquila en estos tiempos de triviales espejismos.

Estrellas fugaces en firmamentos ficticios cuyo clímax, del mismo modo que Narciso, termina ahogado de egolatría. Como si con un click se conquistara la fuente de la eterna juventud, todos sucumben bajo la niebla que les impide discernir realidad de fábulas. Ni siquiera los filtros fotográficos, iluminados de deseos intrínsecos, transforman la percepción real. Mimar la esencia, suspirar por bisoñas primaveras. Inevitablemente, y con las incesantes actualizaciones, la vejez se acabará adueñando de cualquier ser vivo. “No hagas de tu cuerpo la tumba de tu alma”. Pitágoras y el florecer de frescos capullos, los pétalos y el ciclo de la vida, manifestaciones metafóricas que trasnochan los sueños de los brillantes narcisistas.

Escrito por Andrés Arencibia y Adrián Haro. Estudiantes de Periodismo y Comunicación Audiovisual. Universidad Fernando Pessoa.

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