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Molino de huesos: un canario en Mauthausen

Antes, allá por la década de los cuarenta y en tierras germanas, nos moríamos de otra manera. O mejor dicho: nos mataban a su manera. Porque salvo excepciones, desfilar por las entrañas de Mauthausen-Gusen, uno de los campos de exterminio más sanguinarios del siglo pasado, era sinónimo de terminar estancia conociendo el significado expreso de «crueldad» y «aislamiento». Alambradas electrificadas, acantilados de 40 metros, garrotazos sin tino por parte de las Schutzstaffel, raciones de comida insuficientes. Juegos macabros, al fin y al cabo, de todo tipo y pelaje. Y si encima eras judío -las SS apreciaban las etiquetas más que a sus propios parientes-, mejor que mejor.

Aunque hoy, perdónenme ustedes, hablaremos de excepciones. Concretamente de Gregorio Nacianceno Mata Rodríguez, un hombre nacido en La Palma y que, gracias a Memorias de un superviviente del holocausto nazi, se ha convertido en ídolo de mi conciencia histórica. Porque, creo yo, también cuentan como iconos aquellas personas que sobrevivieron más de 1000 días a la sádica versión de la Europa Occidental. Mérito tiene, oigan.

Garafiano y criado en Las Tricias, la vida de Gregorio no fue la de cualquier poblador palmero en vísperas de divisar la Caldera de Taburiente desde un sitio seguro. Sus vivencias se llegaron a asemejar, en todo caso, al valor de una paloma turqué tras desafiar a un tigre de bengala. Movilizado por los sublevados en 1936, nuestro protagonista desertó y pasó directamente al bando republicano. Y de ahí a Francia, donde buscó protección y recibió, a modo de bienvenida, humillaciones en los campos de refugiados. Me imagino, ahora reflexionándolo, que el perfil dominante en esos lugares de retención era el clásico fils de pute galo. Reírse de las desgracias del resto, como La Vieja’l Visillo en La Hora de José Mota. Pero el tiempo, ya con un reloj Flieger en la mano, puso a los señores risitas -a algunos de los que sobrevivieron a la conquista alemana- de guardaespaldas de Gregorio en las estrechas celdas con destino a Molino de Huesos, o Mauthausen-Gusen.Y no sobra aclarar que la muerte, así a secas, saboreó el viaje como ningún otro tripulante.

«Bienvenidos, prisioneros». Algo así debieron destacar, de forma cutre y con tintes rojizos, los llamados nazis a la entrada del campo de exterminio. Ahí dentro, una vez examinado el relato de Nacianceno, sólo se respiraban ansias por generar desesperación, por mandar al rincón del olvido a todo nombre ajeno a las SS. Desde diciembre de 1940 hasta mayo de 1945, sin ir más lejos, el deterioro físico, mental y familiar experimentado por el valiente Mata Rodríguez ejemplificó la crueldad germana. Cinco años de pura supervivencia e instinto, de adaptación a lo inadaptable: el poder morir a cualquier hora. Hubo momentos funestos, y muy funestos. Barrancones abarrotados de piedras sudorosas, matanzas a plena luz invernal, veteranos alemanes indispuestos a compartir su tiempo y aire con judíos de cualquier identidad. La obsesión por la comida, además, se antojó obligatoria entre presos; un código igual de extraordinario que el uso de las horcas para quienes osaban escapar del continuo sufrimiento. Tirar de picardía y absorber la fortuna, en estos y en todos los casos, salvó a Gregorio. De las amistades que manejó, esas que le permitieron adquirir trabajos con techo, también deben su culpa a la astucia del canario. Admirable, insisto, cómo un ciudadano considerado de forma objetiva como extranjero logró alcanzar la determinación suficiente para comandar los empleos más codiciados del lugar.

Las Islas Canarias, muchas veces catalogadas como Afortunadas, guardan miles y millones de memorias del pasado tan fascinantes como la de Gregorio Nacianceno Mata Rodríguez. Pobladores insulares que, por obligación o destino, han expuesto sus vidas a situaciones dignas de ser plasmadas por Ridley Scott. Desconozco, y con esto ya me dirijo a mis queridos lectores, qué hubiese sucedido si el cineasta británico hubiese nacido en territorio comanche. Imagínenlo, porque la historia todavía está por descubrir. 

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