Al Faro

España o el país sin relato (I)

 

Cuando lo que está mal en un país es la política puede decirse que nada está mal. Ligero y transitorio el malestar es seguro que el cuerpo social se regulará a si mismo un día u otro.En España por desgracia la situación es inversa, el daño no está en la política como en la sociedad misma, en el corazón y en la cabeza de casi todos los españoles.

Estas palabras las escribia Ortega y Gasset allá por el año 1922 y en cierta medida podrían ser premonitorias del destino que su generación habría de vivir algunos años después, a la altura de 1936.

Pero lo que es más grave en mi opinión es que casi 100 años después de España continúa siendo lo que en la nomenclatura de Sánchez Albornoz y su antagonista Américo Castro, era un enigma histórico y permanece encerrada en lo que Gerald Brenan denominaba, el laberinto español. Un   laberinto, donde no somos capaces de pensar nuestra  historia colectiva de manera unívoca, serenamente razonada y añadiría además mínimamente generosa.

Y como es bien sabido que un pueblo que desconoce su historia, está condenado probablemente a repetirla. Es  ésta pues la primera tarea inexcusable y fundamental  de la sociedad española: definir qué somos; quién somos y de dónde venimos, para clarificar hacia donde queremos avanzar como nación, siempre y cuando queramos hacerlo.

Porque subyace en el alma de la sociedad española una tendencia irrefrenable hacia el localismo, el casticismo como lo llamaría Unamuno, que comienza a manifestarse con toda su crudeza hacia el siglo XVII, y que se trasluce claramente en la obra de la literatura del siglo de oro, inaugurando un género literario muy particular y muy nuestro, que es la literatura regeneracionista cuyo cenit se alcanza con la conmoción de 1898

En mi opinión y no deja de ser una visión subjetiva, hasta ese momento la Historia de España manifiesta una tendencia clara hacia la unficación y la construcción de un proyecto colectivo ilusionante o al menos trascendente.

La idea de Reconquista planteada como auténtica empresa compartida que comenzó prácticamente desde el siglo VIII hasta nada más y nada menos que 1492, cataliza esta gestación temprana de la identidad nacional o protonacional.

En Cataluña sin ir más lejos, florecìan en la baja edad media crónicas como la Flos Mundi, las Cronicas de Pere Carbonell o la Cronica Pinatense donde se habla claramente de la idea de España. Una idea, cuyos origenes  se remontan por los cronistas a los mitos de Tubal, Hércules o  Hispan, a los que se les atribuía la fundación mítica de ciudades como Vic o Barcelona.

Hasta estos momentos los mitos de Santiago Apóstol, Covadonga o las obras de San Isidoro se reconocían como propias, unánimes y constituyentes del origen común de la nación española.

Los vascos Mártínez de Zaldibia o Esteban de Garibay se atribuían el origen de la verdadera España y el desembarco de Tubal, hijo de Noé y primero de los españoles no a los pueblos del Mediterraneo, sino a los del aCantábrico.  Caracterizado por el imaginario colectivo, como el verdadero solar primigenio de los españoles y por tanto portadores del verdadero carácter histórico de lo español.

Éstas referencias históricas  subrayan la importancia de los simbólico,  lo emocional  en lo que podríamos considerar  como nación. La necesidad de unos valores compartidos, de un leit-motiv, de un pasado y por tanto un presente unánimemente aceptado y reconocido como propio, encarnado en una empresa común y colectiva que a nuestro entender es consustancial a la estabilidad de la nación.

No es de extrañar que los grandes momentos críticos que ha atravesado la sociedad española, hayan  suscitado los grandes movimientos disgregadores y rupturistas de la historia de España, 1640, 1898, 1936 y por último 2010-2017.

Por el contrario, aquellos momentos de la historia nacional que han requerido un esfuerzo colectivo, la adhesión a un proyecto  superior,  que en ocasiones ha sido titánico, como el gran desafio de la gesta americana, o la resistencia popular ejercida desde el pueblo y por el pueblo contra el invasor napoleónico, constituyeron los periodos de conformación de la identidad nacional más fuerte, más estable y más fructíferos de nuestra Historia común.

El pulso de nuestro país hoy, languidece en el lodazal del desánimo colectivo animado solo con el triste recuerdo de un gol de Iniesta en un lejano estadio de Johannesburgo. Sic transit gloria Mundi.

 

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