Crónica de Canarias

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Al Faro

El mecanismo de los héroes

 

David Crespo

 

La patria está en peligro. Madrid perece víctima de la perfidia francesa.

¡Españoles! Acudid a salvarla.

Mayo 2 de 1808.

Cuando los ejércitos napoleónicos atravesaban triunfantes una España huérfana, traicionada y abandonada a su suerte por la corona y todas sus fuerzas sustentantes; cuando la desesperación por la pérdida de la libertad encarnada en la patria misma encogía el corazón del pueblo, de un recóndito lugar, del modesto villorrio de Móstoles, partió el grito liberador y espontaneo de un pueblo vendido a una ominosa esclavitud.

La mano de la historia, caprichosa siempre, ha querido querido escribir su trazo inmortal con el nombre de Andrés Torrejón García. Poco importa a los efectos que nos ocupan que los nombres de Esteban Fernández de León, o de Pedro Serrano autores y transmisores ciertos del Bando de los Alcaldes de Móstoles, o el de Simón Hernández, alcalde colegiado de la villa, hayan sido relegados a la condición de tristes figurantes en esa hora célebre para España.

Inciso- (aprovecho la modestia de este artículo para hacerles un poco de justicia y reivindicar su memoria).

Que poco imaginaría Bonaparte en aquel tiempo dominador tiránico de una Europa subyugada a su irrefrenable y macabra ambición desde sus lujosas estancias de las Tullerías, que dos modestos labriegos castellanos en edad de viajar con el Imserso, comenzarían a cimentar la decadencia del mayor ejército que Europa había conocido en siglos.

Y que poco imaginarían los mostoleños que su patriótico e insignificante gesto correría como la pólvora por toda la geografía de la vieja nación humillada. La insurrección popular prendió la mecha de la resistencia que vivió uno de sus episodios más heroícos en la defensa de la largamente asediada Gerona. Sí en Gerona. En el interior de la ciudad los habitantes se encomendaron a San Narcís que fue nombrado general además de patrono, hombres, mujeres y hasta niños empuñaron las armas en unas jornadas épicas que inmortalizó Pérez Galdós en unos de sus episodios nacionales más célebrados.

Han pasado casi dos siglos pero la historia se volvía a repetir. La semana del 1 al 8 de octubre con el separatismo catalán ganando la batalla en todos los frentes, de nuevo la nación española amenazaba ruina y otra vez la resistencia popular empuño la bandera de la defensa patria común amenazada

El día 8 de octubre cientos de miles de catalanes decidieron, una vez más, que era el momento de hacerse ver, de hacerse oír, de combatir espiritualmente la prepotencia de una dictadura soterrada pero eficaz, amparada y dirigida por una formidable maquinaria de propaganda ideológica. Normalmente el yo, el individuo, prefiere la autodisolución orfeliana en el magma cálido de la masa frente al frio aislamiento que subsigue a toda oposición contra la corriente dominante en la que el disidente, en este caso el botifler el mal catalán, no tiene ni sitio ni acomodo.

Como en una moderna Ginebra calvinista y también por la vía del referéndum, se refrendó en Cataluña una ferrea dictadura ideológica solo que en vez de vivir adorando “selon l´evangile et le parole de Dieu” vive adorando como un becerro de oro un pasado que nunca fue, una patria por construir y una Ítaca que jamás existirá. Pura melancolia.

Aquella mañana del 8 de octubre, miles de individuos largamente silenciados y carentes de organización ni vertebración social, abandonaron sus casas, casi de manera clandestina con la vaga esperanza de encontrarse tal vez y solo tal vez con otros miles de ciudadanos silenciosos como ellos. Primero la soledad y la congoja en la solitaria estación de tren, después las miradas complices con otros viajantes tambien anónimos y angustiados como ellos que se dicen sin hablar yo también voy, sonrisas. Todavia no. Luego las primeras calles donde ya se dibujan algunos grupos nutridos de individuos que dicen basta. Parece que somos bastantes, no estamos tan solos, somos muchos. Luego la apoteosis y el desborde que se vivió en Barcelona aquella mañana, el alivio, la autoafirmación individual y colectiva y finalmente el orgullo.

Esta jornada junto con la del 28 de octubre y la inmensa reacción espontanea de la ciudadanía española, fueron un antes y un después en el despertar de una auténtica conciencia cívica y nacional en la todavía joven democracia española.

La gran asignatura pendiente del proceso transitorio de la dictadura a la democracia española, ha sido la falta de un relato compartido de país que comprometa a los españoles por encima de ideologías y partidos políticos. Por primera vez en muchas décadas los españoles han situado a la nación por encima del sistema, de los programas, de sus filias y de sus fobias.

El florecimiento de las banderas constitucionales en miles y miles de balcones de toda España, representa ese espíritu de afirmación y de madurez colectiva que nunca se quiso abordar por los actores políticos desde 1977 en adelante. En buena parte por dejadez congénita y en buena parte por los complejos de culpa de la derecha por el pecado original del franquismo y el recelo de la izquierda presa de su bucle permanentemente melancólico sobre la Historia de España y su visión pesimista y dolorosa.

Cuentan que Marañón sintetizó en Toledo la España que fue y la que pudo ser como el “símbolo de todos los retazos pintorescos y gloriosos con que está urdida la gran capa, tendida al sol, que es la Península Ibérica. Y, además es la suma de las seis civilaziones superpuestas. Y una encrucijada inmortal de todas las culturas. Y un puente insigne entre el Oriente y el Occidente Y una encrucijada inmortal de todas las culturas. Y el albergue de todas las religiones. Y la Roma de España. Y el genio de los historiadores, de los novelistas y de los historiadores que labraron y pulieron nuestro idioma, compendio y cifra de lo que fue España y de todo lo que queremos que sea”.

Hagámoslo posible. Gracias a los ciudadanos del 8 de octubre España resiste, España sigue en pie, nos va la libertad y el progreso en ello. Jamás olvidemos estas fechas.

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