Crónica de Canarias

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Al FaroOpinión

Teror (añoranza)

Teror

Teror eres la villa  más ancha, más abierta, más confiada de mi isla. Tu valle se abre y ensancha hacia el Oriente; tu plaza se desdobla hacia los cuatro puntos cardinales; tu templo se abre por tres costados a tu plaza. Tú, entera, te abres a todos los mercados, a todas las peregrinaciones, a todas las fiestas. Todos los caminos te buscan desde lejos, y suben o descienden a ti naturalmente. Las aguas más puras penden a tu valle como un cauce, o manan en él como un sudor de la tierra. Los pinos más castizos, se han avecindado en tu solar. Al fondo de tu paisaje pesa sobre la tierra y se alza hasta las nubes, un descomunal macizo de montañas. Al fondo de tu lejanía histórica fulgura una leyenda piadosa: la aparición  de la Virgen del Pino.

Quiero recordar tu fiesta máxima. Una vez al año; el ocho de septiembre. Los isleños que no la han visto una vez siquiera sienten una especie de vergonzosa nostalgia. Creen que no han nacido en Gran Canaria. ¿Fiesta pagana? ¿fiesta cristiana? No acabamos de definirla ni lo pretendemos. Como todo lo que profundamente humano, es la fiesta profundamente diversa. El juicio que deduzca el espectador indiferente, depende de que se sitúe unos metros más afuera o más adentro de la vorágine.

Mañana del ocho de septiembre. El templo abre a la plaza circundante todas sus puertas. El sol soslaya descaradamente todos sus ámbitos. El altar se desviste de sus penumbras y las joyas del tesoro se regocijan. Todo es plaza y todo es templo. Fuera se oye el órgano; dentro se oye el canto popular, sin que suene a profanación. El momento ofrece una singular concordancia. La marea humana fluye y refluye, fuera y dentro, siempre la misma, siempre diversa, invadiéndolo todo.

Todo menos la nave central del templo. La multitud se abstiene respetuosamente, a un lado y a otro. Por la nave del centro desfila, de rodillas, casi atropellándose otra muchedumbre. Madres con hijos, esposas con esposos, nietos con abuelos valetudinarios, familias enteras, con sendos cirios encendidos, con un mismo semblante. Van de promesa. Cada uno ha ganado una batalla al dolor o ha recibido una gracia. !Pobre corazón humano! !Que elocuente compendio de tu vida ofrece esta riada de peregrinos que nace en los extremos de la isla y se deshace a los pies de la Virgen del Pino! Acérquese, acérquese el espectador indiferente.

He aquí un cristianismo sin complicaciones. Es, después de todo, la forma espontánea y castiza de la piedad ente nosotros. Me lo confirma el mismo templo de Teror, el más curioso ejemplar que he visto de desenfreno barroco. Era el gusto de la época, sin duda; pero a pesar de ello revela una libertad sana y robusta, que no necesita de sombras ni de estilizaciones góticas y que no teme el rumor de la calle. !La arquitectura, siempre tan simbólica!.

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