Crónica de Canarias

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OpiniónViviendo en San Borondón

Estabilidad frente a principios

En las largas semanas posteriores a las últimas elecciones del 20-D, se han oído toda clase de declaraciones que van desde verdades de Perogrullo, hasta las más zafias falsedades. Casi todos los políticos parlanchines han hecho cierto aquel celebérrimo dicho de Tierno Galván, referente ético del socialismo y comunismo, que “los programas [de los partidos políticos] están para no cumplirlos”. Tampoco los compromisos adquiridos en los mitines. “Yo jamás pactaré con Podemos”, proclamó Pedro Sánchez el mismísimo que ahora mendiga patéticamente el apoyo podemita para ser presidente, aceptando y tragándose cual rueda de molino los insultos de Iglesias a sus votantes y personas con un mínimo de decencia cívica.

Todos hablan de pactar, cuando en realidad sólo pastelean, intentando ganar en los despachos lo que no les dieron las urnas, en frase cínica y certera de Arturo Mas. No tienen el menor pudor en retorcer la voluntad de los votantes. Deducen torticeramente de la aritmética de los resultados, atrabiliarias intenciones que sólo los políticos y sus más ideogilizados seguidores pueden imaginar, siempre que les sirvan para sus maquinaciones, con una falta de ética auténticamente espeluznante que los ciudadanos, ellos bien lo saben, no castigamos como se merece.

Unos y otros, fieles seguidores de la doctrina de Lenin frecuentemente atribuida a Josep Goebbels, de que “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”, pretenden convencer a los ciudadanos de la bondad de sus propuestas, tan volubles como el viento que sople en cada instante. Y lo hacen sabiendo muy bien que la pelota está en su tejado, que el resto de los españoles sólo podemos atisbar desde los medios de comunicación sus manejos, sin el menor poder de decisión sobre sus enjuagues. Hay votantes que esperan castigarlos pronto, si hubiera repetición de las elecciones, o cuando toque dentro de unos cuantos años.

Bueno sería para la salud democrática que esos políticos jocoserios aceptaran que “mil mentiras juntas no hacen una verdad” y también que los ciudadanos fuéramos conscientes de que podríamos acabar con este lamentable estado de cosas, siendo más críticos e intolerantes con las mentiras y las trapisondas. Podemos hacerlo votando o no votando, porque todos, o casi todos, estamos indignados, pero no todos con las mismas cosas ni compartimos las mismas soluciones, unas reales y posibles, otras mesiánicas y liberticidas.

Se apela constantemente a lograr la estabilidad en el gobierno como si fuera un bien supremo. Y probablemente eso sea deseable para los políticos profesionales que tienen en esa actividad su medio de vida y con ellos los militantes que quieren alcanzar o mantener los sueldos públicos. También esa pretendida estabilidad gubernamental podría ser necesaria para garantizar temporalmente el imperio de la ley en un país con una economía tan dependiente de la voluntad de los políticos, con tal pléyade de leyes, que favorecen la corrupción, la arbitrariedad y el amiguismo en un ambiente de aparente, cuando no real, impunidad.

Pero la mayor parte de los ciudadanos hemos votado principios, al menos los que les suponíamos tener a cada una de las formaciones políticas que se postularon. Sorpresa e indignación creciente sentimos muchos al ver cómo los cabezas de cartel, no dudan ahora en renunciar a los principios que prometieron para mantener los intereses propios y de su grupo político, traicionando y mintiendo sobre lo que tanto prometieron hasta engatusarnos.

La estabilidad es una cosa de ellos, los principios lo son de la ciudadanía. Tan es así, que los políticos no cesan de escenificar sus obvias renuncias a lo que afirmaron defender, alegando que eso es lo que los ciudadanos dijeron en las urnas. Es imposible de aceptar, salvo por los que gustan desayunar, almorzar y cenar con eslóganes sectarios, que una persona que votó a un determinado partido lo hiciera para que sus representantes le dieran el poder a otro con el que no están en absoluto de acuerdo. Así las cosas, la traición a los principios ciudadanos está servida en aras a la estabilidad gubernamental. Los pájaros contra las escopetas.

Y con tanto teatro, declaraciones y postureo, sólo pretenden anestesiar el espíritu crítico de los ciudadanos para que les aplaudan y acepten resignadamente sus pactos antinatura, esos que les aseguran sus poltronas, unas a estrenar y otras a conservar o heredar, que de todo habrá en el pastoreo de los fondos públicos. Algunos partidos políticos ya renunciaron al debate serio durante la campaña electoral para pedir vergonzantemente a los electores ir a votar sus listas con la nariz tapada, apelando no tanto a razonamientos sino a miedos reales o imaginados. Y a eso le llamaban, paradójica y cínicamente ,“voto útil”… Sí, pero útil ¿para quién y para qué?

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